sábado, 27 de diciembre de 2014

Cartas, sartas, sayos ...y un queso.





"La sarta de corales es muy buena, y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga."

En la exposición "Vistiendo el rito", he visto los presentes de la duquesa: el vestido de caza convertido en saya verde y los corales. Sanchica tan contenta. 

 Segunda parte del comentario al capítulo 2.52 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Siempre hay alguien que necesita creer"correspondiente al día 3 de junio de 2010.

Estamos en que, “para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la comida”, entra aquel paje, el portador de cartas y de presentes, que visitó a Teresa Panza, en su aldea. Los duques lo reciben con gran contento, deseosos de que les cuente lo sucedido.¡Cómo se van a reír!

El mensajero prefiere que lean, para sí, dos cartas que pone en manos de la duquesa. Una dice: “Carta para mi señora la duquesa tal, de no sé dónde”. La otra reza: “A mi marido Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí”. La duquesa lee ávidamente la suya, ve que la puede leer en voz alta, es lo que está deseando. La lee.

Mucho contento dio, a Teresa, la carta de su grandeza. Los presentes, la sarta de corales y el rasgado vestido de caza de Sancho, han sido de su agrado. Mucho gusto le ha dado el que su señoría haya hecho gobernador a su marido. Nadie se lo cree allí, piensan que un porro así sólo gobernaría a unas cabras. El cura, el barbero y el bachiller Sansón Carrasco lo creen menos aún. Que digan lo que quieran. Ella misma lo dudaría, si no tuviera en sus manos los corales y el sayo. ¡Qué finura! ¡Qué lana tan bien bataneada!

Y, de pronto, empieza a soñar sus sueños de ascenso social. Dice que está determinada a irse a la corte a lucirse en coche, para que rabien los envidiosos. Y suplica a su excelencia que mande a su marido que le envíe algún dinerillo porque los gastos, en la corte, son grandes; que el pan vale a real y la libra de carne a treinta maravedíes. ¿Cómo sabe eso una aldeana?

Se lo dice a sus amigas y vecinas, que no se aguanta sin cascarlo. Y éstas le siguen la broma, que si Teresa y Sanchica van tan “orondas y pomposas”, luciéndose por la corte, va a ser más famosa la gobernadora que el gobernador.

Siente que este año no se hayan cogido bellotas. Pero se las ha apañado para enviar medio celemín de ellas, recogidas una a una en el monte, algo pequeñicas, pero es lo que hay.

La duquesa lee aquello de “vuestra pomposidad” que Teresa le dedica. Que no se le olvide escribirla, que ella responderá con cuidado, avisará de su salud y de todo lo que se acostumbra poner en las cartas. Queda rogando a Dios que guarde a su grandeza. Que Dios también la guarde a ella, que no va a ser menos. Sancha, su hija, también besa sus manos. ¡Y su hijo varón también! Me sorprende porque de Sanchico se acuerdan poco, tanto el padre como la madre.

Y, antes de firmar como su criada Teresa Panza, nos asegura que tiene más deseo de verla que de escribirla.

Grande fue el gusto de todos, pero nadie se regocija tanto como esta odiosa duquesa, Imaginando divertidísimo su contenido, no se le cuece el pan. Pide parecer a don Quijote…si sería bien abrir la carta destinada al gobernador. El caballero andante la abre , para darles gusto, faltaría más. A nadie parece importarle que Sancho Panza no esté. El que manda, manda.

Las dos cartas de Teresa Panza coinciden, parcialmente, en su contenido, aunque la primera es mucho más comedida. Una le da mucho contento, otra le hace volverse loca de contento. A la duquesa no le comunica que pensó” allí caer muerta de puro gozo”, ni el pis de Sanchica contenta, ni su impresión inicial de que todo era un sueño. Mientras la primera carta expresa la incredulidad de “los del lugar “ante un pastor de cabras, en la segunda es ella misma es la incrédula.

Y si vive más, Teresa piensa ver ascender a su marido. Y lo que le parece la cima del ascenso social es verlo de arrendador o alcabalero, los oficios que desempeñó, tan dificultosamente, el mismo Cervantes. Cómo se ríe de sí mismo, cuando añade: “que son oficios que, aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y manejan dineros”.

Que lo sepa este porro de marido. La señora duquesa ya está avisada, Teresa quiere ir a la corte y en coche.

El cura, el barbero y el bachiller no pueden creer lo de gobernador. Incluso se incorpora un desconocido sacristán al grupo incrédulo de fuerzas vivas del pueblo. Tal vez por el refrán que dice: “el cura, el sacristán, el barbero y su vecino, todos muelen en un molino; ¡y qué buena harina harán! “. Cosas de tu amo don Quijote, encantamientos. Y el bachiller Sansón que ha de ir a buscar a los dos, para sacarles de los cascos esas locuras.

Teresa se ríe, mira la sarta y piensa en cómo metamorfosear el sayo desgarrado en vestido, para su Sanchica ¿Os acordáis de Sancho colgando en la rama, enganchado a su traje de caza verde? En cuanto a las bellotas, le hubiera gustado que fueran de oro, todo es poco para su “pomposidad”. Pero tú, marido, envíame unas sartas de perlas, si las hay en la ínsula esa.

Y a continuación, la crónica de cotilleos aldeanos. La del pintor de mala mano, que se casa con la Berrueca hija y cambia el pincel por la azada. La demanda de Minguilla al clérigo que le dio palabra de casamiento. Los soldados que se llevaron a tres mozas del pueblo, pero volverán y no faltarán quienes no hagan ascos y las tomen como mujeres. Y las escaseces, ni vinagre ni aceitunas.

Y lo apañada que es Sanchica, hace puntas de randas y gana ocho maravedís limpios. Los guarda en una alcancía para su ajuar. Aunque ahora que es hija de gobernador, se lo dará su padre y no tendrá que afanarse meneando los bolillos. La fuente que secó, el rayo en la picota, nada trascendente escapa a su carta. Espera respuesta a la carta y a lo de la corte. Que Dios te guarde, a ella también y se despide.

Cartas muy reídas por el coro de burladores. Para rematar la diversión, el correo trae la de Sancho que, al leerla, pondrá en duda la sandez del gobernador. ¡Qué desilusión!

La duquesa coge al paje por su cuenta, para que le cuente extensamente lo que sucedió en el lugar de Sancho, sin obviar un detalle. Recibe las bellotitas y un queso que Teresa considera como mejor que los famosos de Tronchón, que debían gustar mucho a Cervantes.


Dejamos a la duquesa, no sabiendo qué hacer con el queso en la mano. Nos anuncian que veremos el fin del gobierno insulano.

Un abrazo para todos de María Ángeles Merino. 


Copiado de "La arañita campeña", entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/06/cartas-sartas-y-sayos.html

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