jueves, 11 de septiembre de 2014

"...y en aquel mismo momento ...sentimos todas que se nos abrían los poros de la cara y que por toda ella nos punzaban como con puntas de agujas."


¡Qué faena la de Malambruno!

Comentario al capítulo 2.39, del Quijote. Publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Una reina enterrada muerta, una infanta mona, un caballero cocodrilo y unas dueñas barbudas" correspondiente al día 4 de marzo de 2010.

Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia

Saludo a vuestra merced, aquí estoy de nuevo. Soy el mayordomo de los duques, el cual hizo de Merlín cadavérico y ahora es la llamada Dueña Dolorida.

¿Rcuerda vuestra merced el final del capítulo pasado? Sancho se impacienta y pide a la parlanchina dueña que se dé prisa, que se muere por saber el fin de la historia. Porque se ha explayado con sus sentimientos y todavía no sabemos por qué se duele tanto la Dolorida.

Las palabras del escudero divierten a mi señora tanto como irritan a don Quijote. El caballero andante ordena callar al impaciente, para más regocijo de la duquesa, y la Dueña Dolorida sigue con lo de don Clavijo y la hinchazón de la infanta Antonomasia.

El vicario somete, a la infanta Antonomasia, a un concienzudo interrogatorio, para ver si la chiquilla cae en contradicción; pero bien claro lo tiene la candayesa: el Clavijo es su legítimo, aunque su madre rabie y patalee.

Fue más que un berrinche, a los tres días entierran a la reina doña Maguncia. Sancho Panza se estruja el magín y, con el mejor estilo de Perogrullo, nos aclara que si la enterraron, es que se murió. Y Trifaldín, otro mentecato, esclarece que no se entierra, en su tierra, a los vivos sino a los muertos.

El gobernador escuderil, para enmendar su patochada, la coge por los pelos y nos cuenta que ya se ha visto enterrar a un desmayado. Y afea a la reina Maguncia la ocurrencia que tuvo de morirse, habiéndole bastado con desmayarse, que lo de la infanta no era para tanto y, con vida todo se arregla más o menos. Al fin y al cabo, las hinchazones se solucionan en unos meses.

El destripaterrones, siguiendo las reglas de su señor, considera que casarse con un caballero como Clavijo, es necedad pero no excesiva, ya que los caballeros, y más si son andantes, pueden dar en reyes o emperadores. Y va la reina y se muere, ni que se hubiera casado con el paje Gerineldo, que ese sí era un desarrapado.

Don Quijote asiente complacido, qué bien se ha aprendido la lección mi escudero. Que un caballero andante, a poco que se esfuerce, puede llegar a lo más alto. Pero pase adelante la señora Dolorida y nos cuente sus cuitas, de una vez.

Queda lo amargo, más amargo que las tueras y las adelfas. Muerta y bien muerta está Maguncia, recién tapadita con tierra. ¿Quién puede contener las lágrimas? Esto último dicho en latín y con cita del gran Virgilio.

En medio del duelo, aparece el gigante Malambruno, en un caballo de madera. Sí, de madera, no ponga vuestra merced esa cara de extrañeza. Es el primo "cormano" de la finada. Cruel, vengativo y encantador. Sí, encantador como esos que acosan a don Quijote. Encantador con encanto, no, eso no.

Enseguida pone en práctica sus encantos, convirtiendo a Clavijo y Antonomasia en metálicas figurillas, allí en la misma sepultura. Ella es ahora una jimia de bronce, una mona. Él es ahora un feo cocodrilo, hecho de algún metal extraño. Podrían servir de adorno urbano, en alguna ciudad castellana. 
No se olvida el Malambruno de incluir una lápida con inscripción aclaratoria, en lengua siriaca que, traducida al candayés y luego al castellano, viene a decir que así se quedarán los dos osados amantes hasta que el valeroso manchego presente batalla al primo “cormano” de doña Maguncia, que en paz descanse.

Una vez acabada la metamorfosis, saca algo muy grande de la vaina. ¡Es el alfanje más grande que la dueña ha visto en su vida! ¡Ay, que va a segarle la gola! Está turbada, no puede hablar, la lengua se le pega a la boca. Sigo los salmos, a los cuales soy muy aficionado.

La dueña se esfuerza y consigue, con voz temblona, evitar su ejecución. Malambruno lo piensa mejor, nada de cadáveres. Manchan mucho y lo ponen todo perdido. Ordena traer a todas las dueñas del palacio, el escarmiento va a ser corporativo, aunque la culpa sea sólo de la Condesa de las tres colas.

Exagera sus culpas, sus mañas y trazas. Manifiesta que no quería castigarlas a la pena capital sino a una pena más dilatada. Algo que las incapacite, durante largo tiempo, para la vida social: “muerte civil y continua”. ¡Casta gigántea malvada! ¡Condenar al hambre a estas pobres mujeres!

En ese mismo momento, todas las dueñas sienten como cientos de agujas van abriéndose paso, por toda su cara, qué tortura, Dio mío.

Se alzan los antifaces que ocultan su rostro. ¡Horror! A cada una le ha crecido la barba. Negras, blancas, rubias, rojas…

A todos causa espanto la visión. El duque y la duquesa disimulan y fingen admirarse. Don Quijote y Sancho quedan pasmados. Los presentes, atónitos casi todos. Muy pocos sabían lo que iba a ocurrir, aunque esperaban algo sorprendente, fruto de mi ingenio…aunque no me lo reconozcan, soy un simple mayordomo. En realidad, me siento como un bufón, me avergüenzan estas crueles burlas. Bueno, ya lo he dicho…

Sigo en mi papel, la Trifaldi ha de lamentarse de la pena impuesta por Malambruno. Así las castiga este follón. Sus blandos y mórbidos rostros cubiertos de ásperas cerdas. Cuánto mejor hubiera sido perder las cabezas…Toda mujer tiene su coquetería, aunque vista con toca y monjil.

El tópico de los “ojos hechos fuentes” no cabe aquí, que los tienen secos. Lloraron a mares, mas ahora los ojos han perdido sus humores naturales, no hay lágrimas siquiera.

¿Y adónde puede ir una dueña con barbas? Si, cuando lucían la tez lisa y embadurnada de mejunjes y potingues, difícilmente hallaban acomodo con quien bien las quisiera…Ahora que causan espanto, con el rostro hecho un bosque ¿Qué será de ellas?

Por último, la Dolorida maldice la hora en que la engendraron, a ella y a sus compañeras.

Ahora, me toca desmayarme. Si caigo, que sea en blando…

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí.

María Ángeles Merino Moya


Copiado de "La arañita campeña", entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/03/y-en-aquel-mismo-momento-sentimos-todas.html

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