viernes, 5 de septiembre de 2014

"Dijo... que aquella noche se había dado cinco azotes...con la mano. Eso —replicó la duquesa— más es darse de palmadas que de azotes"


¿Cinco? ¿Con la mano?


Comentario al capítulo 2.36, del Quijote. Publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Una carta de Sancho a su mujer", correspondiente al día 11 de febrero de 2010.

Saludo a vuestra merced. Tuve ocasión de relatarle cómo hice la figura de Merlín, con mayor o menor habilidad de actor. En aquella carroza, vestido con rozagantes ropas negras que, en un momento dado, descubrí para mostrarme como la esquelética figura de la Muerte.

Mas no fue sólo eso, ahora confieso que acomodé todo aquel aparato, compuse los versos y las palabras de aquella Dulcinea un tanto hombruna…como que era un paje palaciego.

Me presenté, ante vuestra merced, como un humilde servidor, mas no le aclaré mi condición de mayordomo de mi señor el duque, el cual tiene en mucho mi ingenio socarrón y desenfadado. Actor, director de escena, poeta, escribano y…mayordomo. Sí, a pesar de mi habilidad escribiendo y dirigiéndolo todo. Y ordené otra aventura, la conocerá vuestra merced, a continuación.

Detrás de unos amplios cortinajes, presencio una conversación de Sancho con mi señora la duquesa, que se interesa por la tarea penitente del escudero, si había comenzado ya a zurrarse. Dice que cinco, dados con la mano. Ella piensa que esas blandas palmaditas no satisfarán a Merlín. La libertad de Dulcinea no puede ser tan baratita, qué menos que una disciplina de esas que hacen sangre. Mi ama se pone a hablar como un predicador, diciendo no sé qué de las obras de caridad flojas. El rústico, tiene la osadía de pedir alguna disciplina que no le duela demasiado, para sus carnes de algodón. La duquesa le asegura que buscará una adaptable a sus tiernas carnes. ¿Tiernas las carnazas de este destripaterrones?


¡Cómo se enternece el tierno escudero ante su alteza, la señora de su ánima! Desea que tan grandísima dama lea una carta destinada a Teresa, su mujer. Como buen marido ausente, le cuenta lo sucedido tras su marcha. La guarda cerca de su corazón, en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza. No está muy seguro, aunque él diga lo contrario, de que esté escrita en un estilo adecuado a las circunstancias. Como no sabe escribir, se la dictó a alguien, escribanos no faltan en esta corte…

La duquesa lee, para sí, una disparatada carta. ¿Cómo sé de su contenido? Aquí todo se sabe, con tantos ojos y oídos como hay. No les digo más que con pelos y señales…
Parece ser que comienza con los “buenos azotes” que le cuesta el ser gobernador. Aunque la gobernadora doña Teresa tenga buenas entendederas, se quedará perpleja. Más desconcertada, aún, cuando le lean eso de ir en coche, una pobre mujer que en su vida habrá subido a vehículo alguno. Andando siempre y descalza las más veces. Y ahora su Sancho va y dice que “todo otro andar es andar a gatas”.

A caballo regalado no le mires el diente y, sin preguntarse qué hace su marido con un sayo verde de caza, se pondrá a la tarea de convertirlo hábilmente en saya y cuerpos para su hija, aunque esté desgarrado. Una tejido así, tan bien bataneado, no lo ha visto la villana en su vida.

Sancho reconoce que está a la altura de su amo, tanto en locura como en mentecatería. Dirá para sí la pelarruecas: ¿Loco mi marido? Aunque lo haya tenido siempre por cuerdo, a la vista de lo que cuenta, cambiará de opinión. Que si ha estado en la cueva de Montesinos, Merlín, Dulcinea y Aldonza. ¿Qué nombres son esos? Y cuenta que se ha de dar tres mil y trescientos azotes, para que esa Dulcinea quede como la madre que la parió. Suponemos que ha querido decir desencantada porque , de aquella señora que la trajo a este mundo, no tenemos noticias.

Le pide que guarde el secreto. Pronto partirá para el gobierno, adonde va con deseos de hacer dineros. La sinceridad de este rústico es inaudita, pero va acertado, ya lo creo. Los gobernadores de verdad así piensan, aunque jamás lo reconozcan.

Así que tanteará el terreno y ya le avisara si ha de acudir o no. Y no se olvida del rucio, está bien de salud y se encomienda mucho a la señora Teresa. ¿Cómo hará eso el borrico? ¿Rebuznando o coceando? Podría ganar dinero exhibiendo al animalillo.

Si la mi señora le besa las manos mil veces, Teresa besará dos mil. Eso es barato. Y añade algo de una maleta con cien escudos dentro. Si por aquí hubiera unas cuantas así, iba yo a estar aquí, organizando patochadas caballerescas.

Pero que no tenga pena, que todo saldrá en no sé qué colada. Lo que sí siente este mentecato es eso que le dicen de que, una vez probada la golosina del poder, se comerá las manos tras él. ¡Verdad ahora y verdad dentro de cuatro siglos! ¡Por que dentro de cuatro siglos? No sé, cuatro, diez o mil da igual.

Y con lo de comerse las manos, se permite decir una gracia acerca de mancos y demás “estropeados”, cuya canonjía privilegiada está en pedir limosna. Así que Teresa será rica aunque Sancho se coma las manos. Dejemos en paz a los mancos, que los hay muy ilustres.

Se despide con buenos deseos y pone una fecha equivocada. El señor gobernador no sabe en qué día vive. Tampoco sabe dónde está. Eso sí, firma como “tu marido el gobernador”: Sancho Panza.

La duquesa le señala dos errores. Uno es que el gobierno no se lo dan por el vapuleo , siendo anterior la promesa del duque. Cuando su ducal esposo lo prometió “no se soñaba haber azotes en el mundo”. El otro error es el mostrarse codicioso, que “el gobernador codicioso hace la justicia desgobernada”. ¡Cómo habla mi señora! ¡Excelente fingimiento el suyo!

Sancho se disculpa, si la carta no sirve, se rompe y se escribe otra distinta. La duquesa, disimula la risa y le dice que no, que ésta es buena y desea que la vea el duque, mi señor.


(Continúa)

Un abrazo a todos los que pasáis por aquí de: 

María Ángeles Merino


Copiado de "La arañita campeña" de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/02/dijo-que-aquella-noche-se-habia-dado.html


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