lunes, 15 de septiembre de 2014

"...avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme a Nuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan"


Sancho dice: "...avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme a Nuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan". Puede usar estos llamadores de ángeles, que a precios módicos y no tan módicos , venden en las tiendas de objetos religiosos.

Primera parte del comentario al capítulo 2.41 del Quijote. Publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Un caballo de madera para festejar mentiras y risas con una explicación final que lo desvela todo sin matar la ilusión" correspondiente al día 18 de marzo de 2010.

"De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura"

Anochece y Clavileño no viene. Don Quijote, expectante, piensa que, tal vez, la aventura haya sido adjudicada a otro andante. ¿Y si Malambruno no quiere batallar?... ¡Por fin está aquí!

Entran cuatro hombres, los más brutos del castillo, si los conoceré yo, con un gran caballo de madera, sobre los hombros. Muy a su pesar, van cubiertos con yedra. Lo de ser los salvajes no les entusiasma y, menos, aún el cargar con un caballote de madera. Órdenes del señor duque, les digo, y no rechistan. A mandar, para eso estamos.

Colocan al caballo de pies y uno de ellos invita a subir a los animosos. Sancho no sube, no tiene ánimo y no es caballero. El salvaje se hace el sordo, exhorta al escudero, para que ocupe las ancas. Se tuerce la clavija del cuello y Clavileño le lleva por los aires, a donde quiera. Pero han de cubrirse los ojos, durante todo el viaje, para evitar mareos. Una vez dadas estas instrucciones, los salvajes se van.
Así como veo, ve, al caballo, me pongo, se pone, a llorar. Tropiezo con las personas de los verbos, vuestra merced me perdonará. Les suplico que nos rape, basta con que suban y…a viajar.

“Eso haré yo”, sin cojín ni espuelas, dice presto don Quijote. “Eso no haré yo”, replica Sancho, que ni es brujo ni gusta de volar por los aires. Bien puede buscar a otro. ¡Ay, la ínsula! ¡Ay, los insulanos! ¿Qué dirán de un gobernador que va por los aires? ¿Y cómo salvar la distancia si falla el caballo o el gigante? Cuando consigan regresar por sus medios…

El escudero tiene la desvergüenza, delante del duque, de decir que se queda en el palacio, donde le harán la merced de nombrarle gobernador, de bóbilis bóbilis. Mi señor se dirige a Sancho amigo y le explica, pacientemente, su deseo de que monten, los dos, en Clavileño, para dar cima a esta aventura. Y no ha de preocuparse porque la ínsula le estará esperando, aunque vuelva a pie, que no se escapa…

Cuando el duque le dice que no lo ponga en duda, que sería agravio al deseo que tiene de servirle…Sancho se derrite y ya no puede más. Hará lo que sea, el pobre escudero no puede llevar a cuestas las cortesías de un grande de España. Tápenle los ojos y encomiéndele a Dios, que por esas “altanerías” duda si podrá hacerlo. Siquiera con los ángeles...

Le tranquilizo, bien puede hacerlo, que Malambruno no deja de ser cristiano, a pesar de su oficio de encantador. Sancho se anima e invoca a una Virgen napolitana. Se lo habrá oído a algún soldado de los tercios Viejos…

Don Quijote declara no haber visto, a su escudero, tan temeroso como ahora, desde aquella vez que el ruido nocturno de unos batanes le produjeron retortijones. Ya, ya conozco esa aventura, la cual huele y no a ámbar, que la tengo leída, en ese libro que mis señores manosean a todas horas.

El caballero andante quiere hablar aparte con su medroso escudero. No puedo oír lo que le dice entre los árboles, pero no hay rincón aquí donde no haya oídos bien abiertos. Me cuentan que, a la vista del largo viaje que van a realizar, quiere don Quijote que Sancho se retire brevemente, y se azote un poquillo, sólo unos quinientos azotes, a cuenta de los que debe darse para desencantar a Dulcinea. Y me cuenta mi comunicante que Sancho siente pena de sus pobres posaderas, primero el vápulo y luego ir sentado en una dura tabla. Y me aseguran que Sancho promete azotarse a la vuelta, que ahora toca dejar bien mondas a las dueñas.

Don Quijote es fácil de conformar, confía en la promesa de Sancho que, aunque tonto es “hombre verídico”. Ya ve vuestra merced que lo de tonto, no lo digo sólo yo. No, no es verdico, es moreno. Tal vez sea sordo…

En el momento de subir en Clavileño, el caballero quiere disipar los temores del escudero. Bien puede subir y taparse, que no va a engañarlos quien pide sus servicios, desde tierras tan lueñes. Y, salga como salga, la gloria no se la quita nadie.

Sancho pronuncia un “vamos, señor”, que nos sobresalta. Ahora, se muestra dolido por nuestras barbas y lágrimas, no comerá a gusto hasta vernos en nuestra original lisura. Y animoso: que suba su señor, que el de las ancas monta después.

Don Quijote asiente, saca un pañuelo y me pide que le cubra muy bien los ojos. Así lo hago pero, ya con los ojos velados, se acuerda del caballo de Troya, preñado de caballeros. Será bien ver el estómago de Clavileño.

Salgo fiador, fiadora, de Malambruno. No hay para qué que escudriñarle las tripas a un leño con clavija, que el gigante no es un traidor. Suba de una vez, que son tres mil leguas…y pico.

Don Quijote cae en la cuenta de que un caballero tan prevenido puede ser tachado de cobarde, así que sube, tienta la clavija y, al no haber estribos, queda con las piernas colgando, lo cual da una imagen un tanto ridícula. Creo haber visto jinetes así, en un tapiz flamenco, sí, ese de romanos, en el salón de poniente.
(Continúa)


Un abrazo de María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña", entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/03/avisenme-si-cuando-vamos-por-esas.html

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