miércoles, 3 de septiembre de 2014

"A ti digo...es menester que Sancho tu escudero se dé tres mil azotes y trecientos en ambas sus valientes posaderas..."



"A ti digo...es menester que Sancho tu escudero
se dé tres mil azotes y trecientos
en ambas sus valientes posaderas..."

Comentario al capítulo 2.35, del Quijote. Publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Receta para desencantar a una dama", correspondiente al día 4 de febrero de 2010.

Me presento ante vuestra merced. Vengo de ese limbo donde habitan los personajes secundarios del famoso libro titulado “El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”. Me trae hasta esta caja luminosa, la dueña Rodríguez.

Esa añosa dama nunca fue santo de mi devoción, era bien conocido su mal humor y despotismo,  entre la servidumbre del palacio ducal. Sin embargo es ella la que me ha encaminado hasta este ingenio infernal que maneja vuestra merced, asegurándome que aquí los secundarios, o terciarios, expresan su punto de vista con libertad.

Soy Merlín, bueno ese Merlín más falso que Judas, el cual aparece en el capítulo treinta y cinco, del segundo libro, subido a un carro triunfal. Recordarán que, en el sueño que don Quijote tuvo en una famosa cueva, se cita a Merlín como encantador de Montesinos, Durandarte y “otros muchos”. Aquel Merlín no era el mago galés del ciclo artúrico. Era apócrifo, y éste lo es todavía más. Lo conocerán por mi recitado: tiene una fórmula para desencantar a la llamada Dulcinea del Toboso.

¿Y quién soy yo, en verdad? Pues soy un humilde servidor de los señores duques que, como otros muchos, nos hemos visto obligados a representar un papel en esta cortesana farsa.

El cortejo que rodea a mi carro triunfal, viste de blanco; mas yo parezco una mosca en leche, con mis rozagantes ropajes negros… Al son de chirimías, arpas y laúdes, marcho subido a este carro triunfal; donde aun las pardas mulas son blancas, bien encubertadas de lienzo blanco. Sobre cada acémila, un albo disciplinante de luz, con su hachón encendido. Aquí, arriba, otros doce níveos disciplinantes, con otras tantas hachas encendidas, asombrando y amedrentando, todo a la vez.

Y, en un levantado trono, una mujer joven, con su abundancia de plateados velos y sus brillos baratos de argentería dorada. Creo que conozco a esta ninfa, o ninfo, sí, es…Va cubierta con un transparente cendal, que no oculta su bello y joven rostro. Y, junto a la de las gasas, voy yo.

Seguimos las instrucciones recibidas: cuando el carro se coloca frente a mis señores y don Quijote, cesa la música y descubro mi rostro. Me han caracterizado como a la figura descarnada de la muerte. El caballero muestra aflicción, el escudero se asusta. El duque y la duquesa fingen algo de temor.

Sé de memoria lo que he de recitar, mi presentación como Merlín, príncipe de la Mágica. A pesar de la humildad de mi cuna, no carezco de instrucción, sé leer y leo cuando cae en mis manos uno de esos tesoros de papel. Me crié junto a uno de los hijos del duque, le acompañaba a todas partes, incluso en las lecciones que le daba aquel dómine tan paciente, el cual repetía y repetía lo que el noble discípulo debía conocer. Puedo decir, sin exagerar, que yo aprovechaba aquellas enseñanzas más que mi joven señor.

Ahora sigo leyendo, entro a horas intempestivas, a escondidas, en la biblioteca del palacio, tan poco visitada. Tengo llaves… Las historias del rey Artús y Merlín están ahora fuera de los estantes, mi amo los ha usado para preparar mi recitado. No creo que lo haya escrito él, algún escribano le habrá ayudado.

En el momento de descubrirme y presentarme como Merlín y recitar aquello, llevo todo el día trajinando, sin haber dormido nada la víspera, con muchos tragos de la bota en el estómago.No es de extrañar que mi voz suene un tanto extraña.

Ahora soy Merlín, el mago. No soy hijo del diablo, eso fue una calumnia. Si los encantadores son de condición áspera, la mía es blanda y amiga de hacer el bien. Estaba yo en las cavernas y me llega el mensaje doliente de Dulcinea. La han metamorfoseado: de gentil dama a rústica aldeana. Me da lástima, encierro mi espíritu en esta espantosa apariencia y busco la solución en  miles de libros de mi ciencia. Al fin, encuentro el remedio. Me dirijo a don Quijote de la Mancha, gloria y honor de la caballería andante, loando su laboriosidad, para indicarle la fórmula, con la que Dulcinea puede recobrar su estado primo: el escudero Sancho ha de propinarse tres mil trescientos azotes en sus no pequeñas posaderas.

Sancho reacciona como movido por un resorte.Salta. De ninguna manera, ni tres mil azotes ni tres. Sus posas no tienen nada que ver con los encantos. Dulcinea se puede ir sin desencantar a la tumba.

Sus palabras provocan un tremendo acceso de ira en don Quijote, que le amenaza con atarle desnudo a un árbol y darle seis mil y seiscientos.

Yo le hago saber que los azotes no ha de recibirlos por fuerza,sino cuando quiera. Y ofrezco la posibilidad de recibir la mitad del vapulamiento, siempre que los azotes sean dados por mano ajena. Redención por vejación, buena fórmula.

Sancho rechaza mi oferta, que se azote su amo, que la llama “mi alma”. Mis amos y mis compañeros, los de luz, están a punto de estallar de risa, al oírle eso de “¡Abernuncio!”.

Se levanta mi compañera de carro, la ninfa plateada. Se aparta el velo del hermoso rostro y la voz que sale de esa boca no es muy de dama, no, por cierto.

¡Menudo rapapolvo para el de las posas ¡Qué improperios! Malaventurado, alma de cántaro, corazón de alcornoque, ladrón y desuellacaras. Casi nada. Y no para ahí. Si le mandaran que se comiera una docenita de sapos o cosas así…Si le mandaran matar a su mujer e hijos…Pero mil trescientos azotes, que cualquier huerfanito recibe en un mes…pobres huérfanitos. Espanta, a la gente piadosa y con blandas entrañas, que no esté dispuesto al sacrificio.

También le exhorta a que vea como lloran sus ojos, surcando sus hermosas mejillas. Que su edad florida de diecinueve años “, se consume y marchita debajo de la corteza de una rústica labradora”, aunque ahora, no aparezca ni como tal.Ahora parece el muestrario de un buhonero, llena de lentejuelas doradas. Y ni a Sancho, ni a don Quijote les extraña este detalle.

Le ruega que se dé en esas carnazas para que pueda recuperar su belleza. Y si no lo hace por ella, por Dulcinea, que lo haga por su amo, que tiene el alma en la garganta, pobre.

Don Quijote, tentándose la garganta, se vuelve al duque le manifiesta que Dulcinea dice verdad, que lleva “el alma atravesada en la garganta”.

Mi señora, la duquesa, pregunta a Sancho, el cual insiste en su “abernuncio”. Mi señor le indica que ha de decir “abrenuncio”, mas Sancho no está para letras, que tres mil trescientos azotes deben escocer y amargar lo suyo.

Luego recrimina a la presunta Dulcinea, eso no son formas de pedir. Si le hubiera ofrecido algún detallito, tal vez un canasto de ropa blanca. Este hombre es una máquina de ensartar refranes: que si las dádivas, las peñas, un asno cargado de oro, un toma, dos te daré…

A continuación arremete contra su amo, que le doblará los azotes, a todo un gobernador. Que aprenda a rogar, que esas no son maneras. El escudero reventando de pena por su sayo roto y vienen a pedirle que se dé miles de azotes.


(Continúa)

Un abrazo a los que pasáis por aquí:


María Ángeles Merino, de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2010/02/ti-digoes-menester-que-sancho-tu.html

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