jueves, 10 de julio de 2014

El trigo que ahechó Dulcinea.



Trigo de Palacios de Benaver (Burgos) sobre el Quijote.


¡Ay qué susto! Dejamos a don Quijote y Sancho camino del Toboso y, ahora, el ex cautivo en Argel nos sorprende con un alegre y mahometano pistoletazo de salida: ¡Bendito sea el todopoderoso Alá!

Por si hubiéramos olvidado los mimbres narrativos de esta historia, aquí tenemos, otra vez, al ficticio y arábigo Cide Hamete persuadiéndonos para que se nos “olviden las pasadas caballerías”. No, no las olvidéis, pero lo que está por venir ha de ser diferente; ahora, queridos lectores, sabéis demasiado de Don Quijote y Sancho.

En este capítulo, amo y señor van de camino, montados en sus jumentos, con poca o ninguna luz; hablan, hablan, pasa una noche y el día siguiente…

Rocinante relincha, pero muy poquito y el rucio le gana la partida con un sonoro pedo, los “sospiros” son aire y van al aire, acompañado de rebuzno. Aunque ambas sonoridades son de felicísimo agüero, la asnal es más potente, lo cual es interpretado por un Sancho, astrólogo de pacotilla, como una preeminencia de las hazañas sanchescas sobre las quijotescas. ¡Te estás subiendo a las barbas, escudero!

La oscuridad se les echa encima sin llegar al Toboso, que parecía estar tan cerca, donde don Quijote ha de recibir la licencia y bendición de Dulcinea, trámite imprescindible para el éxito de sus aventuras. El enamorado caballero cree que su dama recibió la carta .Sancho, que no entregó carta alguna, teme que se tire del hilo de sus embustes. Se ve obligado a inventar apresuradamente una nueva versión. ¡Ay, que el libro ése, del que trajo noticias el bachiller, le va a descubrir!

La bendición…tendrá que echársela desde las bardas del corral ¿Del corral? ¡Los palacios no tienen corrales ni bardas! Da igual desde dónde, “cualquier rayo que del sol de su belleza” llegue a sus ojos le dará poderes extraordinarios.

Sancho echa un jarro de agua fría: ni rayos, ni sol vio él, debió ser el polvo del trigo que estaba ahechando, el cual tapó su rostro…



Don Quijote se enfada, cómo puede pensar este majadero en su señora Dulcinea ahechando trigo, ejercicio impropio de las personas principales. Estaría bordando con hilos de oro y perlas, como las ninfas garcilasianas…Lo de siempre, algún envidioso encantador que trueca sus cosas. Y algo nuevo: ese libro impreso con sus hazañas, del cual teme que su autor sea un enemigo y haya “puesto unas cosas por otras”. ¡Ay, la envidia! ¡Ay, esa “continuación de una verdadera historia”!

Sancho tampoco las tiene todas consigo respecto al dichoso libro . Su honra tal vez ande arrastrada por las calles, cual cochino cinchado, y, por si esa “leyenda” no dice la verdad, nos dedica una definición de sí mismo: malicioso, algo bellaco pero simple y natural y creyente, faltaría más. Cervantes, los personajes se te escapan del libro,


Un abrazo a todos los que me visitáis de:

María Ángeles Merino

Copiado del blog "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.
http://aranitacampena.blogspot.com.es/2009/07/el-trigo-que-ahecho-dulcinea.html

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