sábado, 26 de abril de 2014

¿Se le rompió el cántaro a Leandra?



"EL CÁNTARO ROTO" DE GREUZE , 1772-73 (MUSEO DEL LOUVRE)

Comentario al capítulo 1.51 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "
El cuento del cabrero y la moza burlada", correspondiente al día 30 de abril de 2009.

Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban al valiente don Quijote.

¡Qué poco nos queda! La primera entrega del Quijote se está acabando y Cervantes nos tiene ya enganchados, atentos a esa inminente llegada del “valiente don Quijote” a su aldea, acompañado del peculiar séquito que lo lleva enjaulado.

El escritor solía montar sus capítulos ensamblando dos, tres o más partes de diferentes historias, para que cada lector encontrara algo de su agrado. Ahora no hay “puzzle “y nos extraña un poco este capítulo monotemático. La fértil imaginación de Cervantes se ha ido por los cerros, como tantas veces, tras la cabra cerrera. Reza el título “lo que contó el cabrero” y el pastor cariñoso nos va a relatar un cuento folklórico, de esos superlativos y “de fuerte raíz misógina”, como dice Pedro Ojeda. Algo que sea del gusto de todos.

En una aldea había un labrador muy honrado, muy rico y muy virtuoso. Tenía una hija hermosíiiisima, discretíiiiisima y virtuosíiiiisima. La fama de su belleza llegó lejos, lejos, hasta el palacio real. De todas partes llegaban gentes a verla como “a imagen de milagros”. ¡Santa Leandra! Su padre la guardaba y se guardaba ella…Recatadísima Leandra. Y los lectores de la época, babeando de gusto…que este don Miguel sabe las debilidades de su público.

Muchos pretendientes solicitaban a Leandra y el padre no sabía a quién adjudicar la preciada joya. Entre los que echaron la solicitud estaba Eugenio, el cabrero de la cabra Manchada.” Conocido, natural del pueblo, ni judío ni moro, joven florido, rico e ingenioso. ¡Seis puntos! Hubo  empate con otro pretendiente llamado Anselmo. Con los dos quedaba bien colocada a la muchacha, así que este padre, de ideas tan avanzadas, decidió preguntar a la niña. Parece ser que el gusto de Leandrita no se inclinó por ninguno de los candidatos.

Pero llegó al pueblo un soldado, hijo de un pobre labrador del mismo lugar, procedente de las Italias. El llamativo atuendo soldadesco, emperejilado a base de lujo barato, atrajo a la nena. Aquí don Miguel se detiene a describirnos a un soldado fanfarrón, personaje que él conoce muy bien y no sólo por haber leído a Plauto…Sentado en la plaza del pueblo, contaba hazañas a la boquiabierta gente del pueblo. Llegó, vio y venció en todas las guerras, sin derramar una gota de sangre pero con cicatrices… bla, bla, bla. Ram, ram, ram… un poco de guitarra. Algo poetastro, componía larguísimos romances como churros…Leandra cayó en sus redes y, ni corta ni perezosa, se escapó con él. Si es que las mujeres son como las gallinas, les das trigo y se van a picotear a la mierda. Perdón, esto último lo he leído en Delibes, no en Cervantes.

Al cabo de tres días la encontraron en una cueva, en paños menores, sin joyas ni dineros. El soldado había prometido ser su esposo, lo de siempre. Pero el padre se quedó consolado pues Leandra aseguraba que, aunque le quitó las joyas, no le quitó la alhaja principal, la que no se recupera jamás, la que remendaba la madre Celestina. ¡Y eso que venía de la viciosa Nápoles! ¡Milagro de continencia!

El cántaro no se ha roto, pero Leandra es conducida inmediatamente a un monasterio. Su tierna edad le sirvió de disculpa, no atribuyeron su falta a ignorancia sino a esa “natural inclinación de las mujeres, que, por la mayor parte, suele ser desatinada y mal compuesta”. Tranquila, María Ángeles, esconde la vena feminista…

Eugenio y Anselmo quedaron “en tinieblas” y, para consolarse, no se les ocurrió otra cosa mejor que dejar la aldea y jugar a ser pastores de novela pastoril. Mientras apacentaban su rebaño de ovejas o cabras, dedicaban sus alabanzas, vituperios y suspiros a la ingrata Leandra. Otros muchos de sus pretendientes los imitaron, convirtiendo el valle en una nueva Arcadia, llenita de pastores poetas, muy finos y muy quejosos.

Ahora la maldicen, insultan, condenan, absuelven…todos la deshonran, todos la adoran y esperan sin esperanza. Anselmo es el más comedido, sólo se queja de ausencia en unos versos que acompaña con su rabel. Por el contrario, nuestro Eugenio, lanza, por su boca sapos y culebras misóginas: ligereza, inconstancia, doble trato, bla, bla, bla. Y termina su discurso, justificando con este relato las lindezas que dedicó a la cabra Manchada. Aunque sea la mejor de su apero, es hembra y en poco la tiene. ¿No decía que era la mejor?

Termina el capítulo con la invitación del cabrero a leche fresca, sabrosísimo queso y sazonadas frutas. Está el ambiente muy relajado, a ver si sigue así o por barroco contraste…


Un saludo para Pedro Ojeda y todos los que nos visitan.

María Ángeles Merino Moya

Una cabra pendona y un cabrero muy tierno, pero misógino él.



Regresan los criados del canónigo con la acémila del repuesto y se ponen a comer sobre la hierba. Entre la maleza suena una esquila y aparece una cabra, tras ella un cabrero dando voces. El bicho se detiene ante los comensales, llega el cabrero, la agarra de los cuernos, hasta aquí lo normal; pero, a continuación, el perseguidor se dirige a la fugitiva “como si fuera capaz de discurso y entendimiento”. A todos hace gracia y a todos sorprende el tono de cariñosa reprimenda que el pastor emplea para dirigirse al animal. Parece que está hablando a una mujer… Manchada es hija, es hermosa y es amiga. La pobre cabra no puede remediarlo, no es que la espanten los lobos, no, es su condición de hembra lo que la lleva irremediablemente a no poder estar sosegada, a ser arisca y desagradecida. Misóginamente exclama: ¡mal haya vuestra condición, y la de todas aquellas a quien imitáis! ¡Qué le pasa a este hombre con las mujeres? Pronto lo sabremos…


Al canónigo le causa especial contento esta escena y, con mucha guasa, le pide que se calme y no meta prisa al bichillo, que como hembra ha de seguir su instinto natural. Le ofrece un bocado de carne, animándole a comer, beber, templar la cólera y descansar. El cabrero quiere explicarse, él no es un hombre simple, él distingue perfectamente el trato con las bestias del trato con los hombres y quiere acreditar como verdad lo que, irónicamente, ha dicho el cura acerca de los montes que crían letrados. Nos va a contar su historia, lo cual no nos sorprende a estas alturas del Quijote. ¿Cuántas historias nos ha contado ya este escritor, partero de miles de historias?


Don Quijote ve lo suyo en todas partes, en este caso ve “un no sé qué de sombra de aventura de caballería”. Oirá de buena gana la historia del cabrero y aprovecha Cervantes para animar a sus lectores: “amigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan los sentidos”.


Sancho se va al arroyo con su empanada de conejo, que no siempre se dispone de comida en este oficio caballeresco…ya lo dice su señor.

Don Quijote ya ha alimentado su cuerpo, ahora alimentará su alma con el cuento de este buen hombre. El canónigo está de acuerdo en eso del alma, “nihil obstat”, y anima al cabrero a que comience.

El cabrero da dos palmadas a la cabra que tranquilamente se recuesta junto a él y le mira. Te estoy escuchando, parece decir. La cabra cerrera parece ahora un perrito faldero. Me recuerda a uno que tengo a mis pies.

Un saludo para Pedro y todos los que nos visitan de:

María Ángeles Merino Moya

Sancho y su vocación de valido.

EL REY FELIPE III

EL DUQUE DE LERMA, EL VALIDO


RODRIGO CALDERÓN, EL VALIDO DEL VALIDO


 Comentario a parte del capítulo 1.50 del Quijote,  publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Debate abierto y otro cabrero", correspondiente al día 23 de abril de 2009.

Sancho pone un oído de oidor ¿Un condado? ¡Por fin hablan de lo suyo! Que trabaje su señor y le dé el condado, que él se siente muy capaz de gobernarlo. Y cuando no lo sea, él lo sabe, siempre podrá dejar sus estados en arrendamiento y a “a pierna tendida”, gozando de la renta. No olvidemos que cuando se escribe ésto, el rey es Felipe III, aquel que “aficionado al teatro, a la pintura y, sobre todo, a la caza, delegó los asuntos de gobierno en manos de su valido, el duque de Lerma, el cual, a su vez, delegó en su valido personal Rodrigo Calderón”. ¡Reina en España el valido del valido!


El canónigo le advierte que podrá hacer eso con la renta, pero no con la administración de justicia, para lo que es preciso habilidad y buena disposición. Sancho no sabe de esas filosofías y expone la suya. Que lo pongan en sus manos, él contento y ya veremos…


Don Quijote obvia la burrería de su escudero, así lo hizo Amadís y su ejemplo basta. El canónigo queda tan admirado como desconcertado. ¡Hay que ver qué disparates los del amo y los del criado! ¡Pero cómo nos ha pintado la aventura del Caballero del Lago!


Seguiremos con la cabra y el cariñoso cabrero. Cambiaremos los validos por los balidos.

Un saludo para Pedro y todos los que nos visitan.

María Ángeles Merino Moya

sábado, 19 de abril de 2014

De las negras aguas a los floridos campos.

«Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido licor..."

" Cuando no se cata ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa"


De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos

El título nos indica que, en este capítulo, encontraremos altercaciones, disputas sí, pero “discretas”, moderadas, no llegará la sangre al río. Pasaremos de los siete castillos de las siete hadas a la regañina cariñosa a…una cabra. ¡Barroco contraste!

El canónigo dijo que las historias de los libros de caballerías son mentira y don Quijote está escandalizado. Si están impresos con licencia real, gustan a todos y dan todos los detalles con apariencia de verdad. ¿Cómo van a ser mentira? Que no diga blasfemias el señor canónigo…

Para Don Quijote no hay mayor contento que leerlas y, para convencernos, nos mete de cabeza en lo que podría ser un comienzo “estándar” de una novela de caballerías cualquiera.

Una tristísima voz exhorta al caballero protagonista. Si quiere ser digno de ver las maravillas de los siete castillos, de las siete hadas, debe arrojarse a un terrible lago de pez hirviendo, con espantables bichos. El valiente se zambulle en tan calentitas y repugnantes aguas y, sin saber cómo, se encuentra en unos campos floridos. Sol luciente, cielo transparente, árboles frondosos, limpísimas aguas…todo como recién salido de una égloga de Garcilaso. Tras tanta belleza natural, la belleza artificiosa de una barroca fuente y entramos en un castillo de cuento. Oro, diamantes, perlas y, como no, doncellas, muchas doncellas. Una de ellas toma al caballero, le hace desnudar, lo baña, le da ungüentos, lo viste con finísima camisa…menudo sueño erótico, don Miguel. Música, comida, la más hermosa declara que está encantada…


Hasta aquí llegamos, que don Quijote no quiere alargarse más, se lea donde se lea cualquier historia de éstas ha de gustar y maravillar. Y lea, lea, señor canónigo, menudo antidepresivo, desde que lo probé, ya me ve usted, soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés y no tengo abuela. Aunque me hayan enjaulado, seré rey y daré un condado a mi escudero, que bien se lo merece.

Un abrazo para Pedro y todos los que visitan "La acequia":

María Ángeles Merino


¡Vaya empanada libresca y caballeresca que tienen los dos!




Don Quijote y su pasión lectora según unos "sanchicos" y "sanchicas", dirigidos por una excelente profesora de Plástica que lo ha titulado "Leo". Pintura, alambres, chapas,bancos suecos e imaginación. Mi enhorabuena.

"Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote"

Sancho tiene cogido a su señor: su merced bebe, come y responde, luego de encantamiento, nada de nada. A don Quijote no le convence el argumento, los tiempos cambian las costumbres y vete tú a saber qué clase de encantamientos están ahora de moda. Nuestro hidalgo posee otro razonamiento. Menudo cargo de conciencia, tanta gente necesitada del poder de su brazo y yo aquí en la jaula, vaya cuajo.

El buen y leal escudero no se corta, venga déjese de historias y monte al pobre Rocinante .Puesto que no hay animal que más tarde o más temprano no se parezca a su amo, tenemos un rocín tan melancólico como su amo.

Sancho promete enjaularse, él también, si no es capaz de liberarle. Don Quijote manifiesta estar dispuesto a obedecer en lo que respecta a su liberación, pero no cree en ella.

Se reúnen con el cura, el canónigo y el barbero. El boyero suelta a los bueyes y el cura, tras los ruegos de Sancho el fiador, suelta a don Quijote. Antes, da la palabra al canónigo de no apartarse, alegando su falta de libertad y la posibilidad de cierto olorcillo, no muy agradable.

Nuestro hidalgo se estira y se dirige, esta vez, a su Rocinante, flor y espejo de los caballos. Con la ayuda divina volverán a cabalgar, atribuyendo el mismo deseo al viejo rocín, no sé yo…Y llega el momento tan esperado, el enjaulado se aparta y vuelve más aliviado.

El canónigo se extraña del bonísimo entendimiento del loco, cuando no trata de caballería. Sentado en la hierba, recrimina al mismo tiempo que demuestra no haber dejado sin leer una sola de las novelas de caballerías publicadas. Comienza la reprimenda: “¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la amarga y ociosa letura…?”A continuación pasa revista a toda la erudición caballeresca del falsísimo sermoneador: Amadís, el emperador de Trapisonda, Felixmarte de Hircania, palafrenes, doncellas andantes, sierpes, endriagos, gigantes, princesas enamoradas, escuderos condes, enanos graciosos, mujeres valientes… ¡Vaya empanada libresca y caballeresca! Está leyéndolos tan a gusto cuando, de repente, ¡zas! ¡A la pared va el tomo! Y no arroja el peor sino el mejor. Estamos ante una relación de amor-odio.

¿Y qué debe leer un bien nacido y discreto hidalgo de la Mancha? Para contestar a esto, el sermoneador le propone algo de las Sagradas Escrituras, como no y comienza una relación de personajes históricos: Viriato, César, Aníbal, Alejandro Magno, Fernán González, el Cid…Ésa sí sería una lectura digna de un buen entendimiento. Mas… huiría del fuego y caería en las brasas, porque de muchos de ésos la Historia sabe muy poco y, en compensación, han sido tan literaturizados que tienen más de héroes ficticios que de personajes históricos. Pensemos en el Cid…

Don Quijote resume lo que para él es una blasfemia y fuerza al canónigo a confirmarla: no ha habido caballeros andantes en el mundo, los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles para la república, no ha habido Amadís ni ningún otro caballero andante, los libros me han vuelto el juicio, por ello estoy en la jaula y, en conclusión, debería leer libros verdaderos.

Y el hidalgo da la réplica, con toda su empanada libresca y caballeresca. Amadís, Guy de Borgoña, lo de Fierabrás, Guarino, Mezquino, el Santo Grial, Tristán, Iseo, Ginebra, Lanzarote, la dueña Quintañona, Magalona… El canónigo se queda admirado, éste ha leído más que yo, que ya es decir…Y, como don Quijote se ha metido en temas que le gustan, entra al trapo y responde al discurso quijotesco con precisiones acerca de los Doce Pares de Francia y una clavija ...Se han juntado dos puntillosos. Don Quijote no debe creer tanto disparate…

Un abrazo para Pedro y todos los paseantes:

María Ángeles Merino

viernes, 18 de abril de 2014

¿Quién tuvo la tentación de hacer aguas menores encima de Lope?

Curry hace aguas menores encima del Fénix de los Ingenios
¿Hubiera querido Cervantes hacer lo mismo?


Las palabras del canónigo arremeten contra ese tipo de comedias, las que hacen triunfar a Lope de Vega. Las considera disparates, sin pies ni cabeza, buenas sólo para el vulgo, escritas y representadas por quien dice que así ha de ser, porque el vulgo las paga. Cervantes se lo ha leído y da la réplica a “El arte nuevo de hacer comedias en este tiempo”, donde su ex amigo Lope deja escrito eso de “como las paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto”. 

Las que siguen los preceptos “no sirven sino para cuatro discretos que las entienden” y, con ellas, se gana opinión de unos pocos, a costa de trabajar gratis como el sufrido sastre del cantillo”. Después, pone unos ejemplos de comedias buenas, exitosas y regladas. Los autores son: Argensola, Lope de Vega, el mismo Cervantes y otros. Como veis, al Fénix de los Ingenios le concede una de cal y paletadas de arena.

El cura, el de la aldea, se acuerda de un antiguo “rencor” que tiene con las lascivas comedias. ¡Cuánto teatro ha visto este sacerdote de pueblo! Lo de las tres unidades viene a continuación. No respetan ni la de tiempo, ni la de lugar, ni la de acción. El niño de pecho tiene barbas, cada acto en un continente, juntan a Carlomagno con Godofredo de Bouillón, qué más da unos pocos siglos más…A este severo crítico le parece extraño un viejo valiente, un mozo cobarde, un lacayo retórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona. Vayamos por partes: la edad quita muchos miedos aunque ponga otros, hay personas analfabetas con un pico de oro, el paje es el que está más cerca para dar el consejo…Hoy podríamos añadir: el Rey se gana su pan con bogavante y hay princesas que, en sus años plebeyos, algún plato fregarían…aparte de presentar un telediario, claro.


Tampoco las comedias de tema religioso son del gusto del canónigo, por estar llenitas de milagros falsos. Para colmo, se inventan milagritos en las comedias no divinas.


¿Qué dirán los extranjeros al ver nuestras comedias sin leyes? Este duro crítico no puede saber de los autores, franceses por ejemplo, que beberán del teatro español del Siglo de Oro.


Además, el argumento de un mayor entretenimiento no le vale y afirma, aunque no se lo crea, que las comedias ordenadas sirven mejor para ese fin.


La culpa no es de los poetas, sino del representante que las paga. Y llegamos a donde Cervantes quiere llegar, al “felicísimo ingenio destos reinos”. Reconoce su gala, donaire, elegante verso, alteza de estilo, fama…Pero… por acomodarse al gusto de los representantes, sus comedias no han llegado al punto de la perfección. Cervantes siente gran admiración hacia Lope de Vega, a pesar de todo.


¡Ya nos está cansando este eclesiástico! ¡Qué solución propone? Un censor:” una persona inteligente y discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen” ¡Y otro para los libros de caballerías!

Estamos en las alturas literarias y, de golpe y porrazo, descendemos a las necesidades corporales: descansar, comer y hacer aguas…


El barbero indica que han llegado al lugar adecuado, un hermoso valle, para personas y bestias. El canónigo quiere gozar también de él, seguir pegando la hebra con el cura y enterarse de lo de don Quijote. Ordena a sus criados que vayan a la venta en busca de provisiones para todos, pero no hace falta puesto que el acémila de repuesto trae lo suficiente. ¡La mula va hasta los topes! Sólo las cabalgaduras necesitan cebada…Está claro quién disponía de comida en abundancia, en la España que vivió Cervantes.


Sancho ¡por fin! se queda solo con su amo enjaulado. Quiere dejar claro que de encantamiento nada, son el cura y el barbero que son unos envidiosos…Le propone una prueba para que se convenza y vea que no va encantado sino “trastornado el juicio”. Nuestro hidalgo no lo cree, los encantadores toman la figura que les da la gana, aunque reconoce que lo que le está ocurriendo no es habitual en las historias de caballería. Ha de hacer el escudero la pregunta clave: si siente necesidad de hacer aguas menores o mayores…Don Quijote, de momento, no entiende y pide a Sancho que se explique. Se lo dice de otra manera: “si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa”. ¡Por fin entiende eso que los niños aprenden el primer día de escuela! Y parece que es urgente…

Un saludo para todos los visitantes:


María Ángeles Merino

Copiado de "La arañita campeña"

¡Este canónigo es más falso que Judas!


Comentario a la parte final del capítulo 1.47 y al 1.48  (el cura y el canónigo) del Quijote. Publicado en "La acequia", en la entrada "Continúa la lección de teoría literaria, con toques de polémica y una caída en la realidad más cruda", correspondiente al día 9 de abril de 2009.

¡Este canónigo es más falso que Judas!

Veíamos, en el capítulo anterior, en su charla con el cura, como confiesa haber leído los perjudiciales libros de caballerías ¡Pero ninguno entero! ¡Sólo el principio… de casi todos los que se han impreso! ¡Qué lector más extraño! ¡Un lector de primeros capítulos! Su crítica es exhaustiva, sin embargo. Deleitan y no enseñan, están llenos de disparates, son inverosímiles sus torres viajeras, gigantes troceados, millones de combatientes contra un solo caballero…Pero se coge antes a un mentiroso que a un cojo. Fijémonos en que dice “No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al principio, y el fin al principio y al medio” ¿Cómo sabe de medios si sólo lee los comienzos? No escatima adjetivos: duros, increíbles, lascivos, malmirados, necios, disparatados… “dignos de ser desterrados de la república cristiana, como a gente inútil”.No disimule, señor canónigo, es usted un adicto…

El cura le cuenta lo de los libros de don Quijote, especificando los condenados al fuego. El canónigo se ríe, y no poco; pero su crítica da un giro inesperado y, ahora, empieza asomar lo positivo. Les concede el valor de su fuerza imaginativa: “daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma”.

¡Ya ha encontrado la fórmula para conseguir una novela de caballerías perfecta! Si a la ingeniosa invención le añadimos una buena ración de verosimilitud y unas cucharadas de apacibilidad de estilo, tendremos un escrito perfecto que enseñará y deleitará, mostrando lo bueno de cada género…

Pasamos al siguiente capítulo .El cura da la razón al canónigo y considera dignos de reprehensión a los prosistas, sin arte ni reglas. Y nos sorprendemos con la sinceridad de este personaje. De golpe, Cervantes convierte al puntilloso y crítico eclesiástico en escritor frustrado, con más de cien hojas escritas .Un incipiente libro de caballerías sometido a sus infalibles teorías y…no cuaja, la fórmula falla. Tal vez, el intento del canónigo sea el reflejo de algo que el mismo Cervantes experimentó. vamos a hacer un poco de "Literatura ficción".Tal vez,quiso someter a reglas a un embrión novelesco caballeresco y el resultado no le gustó. Tomó un camino diferente, decidió contar la historia de un hidalgo que enloquece leyendo estos libros, escribió el Quijote…

El canónigo, o tal vez el mismo don Miguel, se niega a someterse al juicio del vulgo, dejando a un lado los preceptos. También rechaza la idea de seguir las reglas y no sacar ganancia alguna con sus escritos, como el “sastre del cantillo” que cosía gratis y ponía el hilo.

Y de las novelas caballerescas se pasa a las comedias, aprovecha que el Ebro pasa por Zaragoza, que Cervantes no se aguanta sin hablarnos de Lope…

CONTINUARÁ

Un saludo a todos.

María Ángeles Merino

Aquellos caballeros andantes viajaban sobre las nubes, en un carro de fuego o en hipogrifo; pero no en carro de bueyes.

En carro de bueyes ¡no!

Montados en una nube , como los ángeles ¡sí!

En carro de fuego, como Elías ¡sí!


En hipogrifo, el AVE mitológico, como Rolando el furioso.¡Sí!


Comentario al capítulo 1.47 del Quijote, primera parte, "Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos". Publicado en "La acequia", en la entrada titulada "De vuelta a casa, con lección de teoría literaria", correspondiente al día 2 de abril de 2009.
Pero ¿no estaba ya encantado? Estos títulos son un desastre...

Don Quijote ha leído muchos libros de caballeros encantados, pero no tiene noticia de ninguno que viaje enjaulado y transportado por bueyes. Los de este gremio, según DQ, suelen viajar por los aires en nubes, carros de fuego o en un extraño animalejo llamado hipogrifo, mezcla de águila y de caballo, el “AVE” mitológico.

Serán encantamientos modernos, me estaré quedando anticuado, razona nuestro hidalgo que pregunta su opinión a Sancho. A éste, las “visiones andantes” no le parecen católicas, es decir fiables. Cómo lo van a ser, le razona su señor, tomando la palabra en su significado recto, si son unos demonios que me han metido en un carro de bueyes. Como prueba de esto último, te propongo que los toques y verás que son de aire, sin cuerpo alguno. ¿Sin cuerpo? Toqué a uno de ellos y bien rollizo que estaba, no olía al azufre de un infierno ambulante, sino al carísimo ámbar que usan los señores. El de la Triste Figura quiere convencerle de que se engaña o es engañado, son muy listos estos encantadores…

Cardenio y Fernando oyen esta conversación y deciden salir cuanto antes, viendo a Sancho a punto de descubrir el pastel.

Menuda procesión. La jaula irá escoltada por los cuadrilleros, a quienes el cura pagará un tanto. No sabía yo que la Santa Hermandad fuera de pago. Rocinante, transportando la bacía y la adarga o… rodela, no hay que ser tiquismiquis, será llevado de las riendas por Sancho, en su asno.

Pero, como parte de la “invención”, la ventera, su hija y Maritornes salen a despedirse, en su papel de lloronas. DQ, muy en su papel, ruega a las “damas” que, por Dios, no lloren; que las desdichas han de acompañar al caballero andante de mucho nombre y fama , blanco de las envidias, hasta que llegue el triunfo de la poderosa virtud...Les pide perdón y oraciones, perdón por algún desaguisado involuntario y oraciones para que pueda salir de esta prisión. Un auténtico caballero andante no olvidará recompensarlas por ambos conceptos., tranquilas.

En el “castillo”, dice “castillo”, ha llegado el momento de las despedidas, se dan las direcciones, no quieren perderse cómo acaba esto. El cura, el barbero, don Fernando, sus camaradas, el capitán, su hermano, Dorotea y Luscinda. El cura, desde la aldea, informará de las novedades quijotescas. Fernando pondrá al día de los asuntos proyectados en la venta: su boda, bautismo de la “morita” Zoraida, don Luís lejos de su padre y Luscinda que vuelve a casa.

El ventero se siente generoso, entrega al cura unos papeles y aquí don Miguel aprovecha para introducir una cuña publicitaria. Se trata del manuscrito de su novela “Rinconete y Cortadillo”, aparecida en la misma maleta que “El curioso impertinente”, abandonada en la venta. Estas maletas abandonadas dan mucho de sí, recordemos aquella que dejó un Cardenio enloquecido, El cura colige que si la del curioso era buena, ésta también lo será, pues podrían ser las dos del mismo autor. La leerá, sí.

Se ponen en marcha: el carro, los cuadrilleros, Sancho Panza, Rocinante, el cura y el barbero. Todos van siguiendo el paso tardo de los bueyes. Don Quijote es una estatua de piedra, tal es su paciencia y silencio. Llegan a un prado ameno, el del tópico, el boyero cree conveniente que descansen y pasten sus animales; pero el barbero indica que caminen un poquito más, hasta llegar a otro lugar todavía mejor.

Siguen la marcha y se acercan hombres a caballo, en mula para ser más preciso, que pronto los adelantan. Se saludan se presentan y uno de ellos resulta ser un canónigo de Toledo que observando aquella procesión, piensa que la Santa Hermandad lleva preso a algún delincuente.

DQ pregunta a los de las mulas si son acaso expertos en “esto de la caballería andante”; en caso contrario , no merece la pena hablar con ellos. El canónigo resulta ser un entusiasta lector de libros de caballería, confesando saber más de ellos que de las Súmulas de Villalpando; por lo visto el best seller filosófico de aquellos años, obra de un aristotélico, antiescolástico y esdrújulo, llamado Gaspar Cardillo de Villalpando. El eclesiástico, vaya otra esdrújula, anima a DQ a comunicarse y éste no se hace de rogar.

Es una víctima de los malos encantadores, caballero andante es, a pesar de magos persas, bracmanes indios y ginosofistas etiopes ; su nombre ha de figurar en el templo de la inmortalidad… Qué disparates… ¿quién es éste loco? El cura, el del pueblo, le sigue el rollo y el canónigo casi se hace de cruces al ver al preso y al libre hablando con el mismo estilo, como recién salidos de una novela de caballerías.

Sancho se acerca y acaba de arreglarlo. Su amo come, bebe, hace sus necesidades y habla más que treinta procuradores ¿cómo va a estar encantado? El ataque de sinceridad que padece Sancho, al llegar a estas alturas del capítulo, es evidente. ¿Se cree que no lo conozco , señor cura? Su señor ya estaría casado con la infanta Micomicona y él sería conde ,por lo menos. Por sus hijos lo siente que podrían ver a su padre hecho gobernador o virrey…Pero Sancho tiene su corazoncito, es bueno este hombre, y exhorta al cura para que haga conciencia del mal trato que están dando a su señor, que Dios se lo tendrá en cuenta ¡Bien por el escudero! Aunque se le ve un poco el plumero, un pelín interesado, cuando cita “todos aquellos socorros y bienes que mi señor don Quijote deja de hacer en este tiempo que está preso”.

Interviene el barbero, sorprendido al verlo quijotizado, lo ve ya en la jaula con su señor. Dice eso de “en mala hora os empreñastes”. ¿Empreñaste? Eso suena a preñarse. Sancho hace constar que no está preñado de nadie, le suena muy mal ese verbo. Sigue, enfadado, soltando disparates, llega a decir “debajo de ser hombre puedo venir a ser papa”.Si él desea ínsulas, otros desean cosas peores…Y ahora viene el discurso del canónigo, toda una crítica a las novelas de caballerías que merece un comentario aparte. Si es posible…

Un abrazo...para Pedro y los paseantes.

María Ángeles Merino

Copiado del blog "La arañita campeña", de la entrada con el mismo título.

La venta parece el camarote de los hermanos Marx


Han pasado dos días y la venta parece el camarote de los hermanos Marx. No cabe un alfiler y es tiempo de partirse ¿en cuántos trozos?

Bromas aparte, la ilustre compañía, la de la venta, decide que ya es tiempo de llevar a don Quijote a “procurar la cura de su locura en su tierra”. Con la Psiquiatría de entonces…

Echan mano de la farsa micomiconil; pero Dorotea y don Fernando no se toman la molestia de llegarse hasta la aldea. ¡Faltaría más!

Por casualidad, pasaba por allí un carretero de bueyes y conciertan con él. Oiga buen hombre, cuánto nos lleva por transportar a este loco que tenemos aquí, no se escapa, no se preocupe, le hemos preparado una jaula de palos enrejados. La aldea no está lejos, se llama…dejémoslo que Cervantes no quiso acordarse.

El cura es , ahora, el director de orquesta, Don Fernando con sus camaradas, los criados de don Luis, los cuadrilleros y el ventero, todos se cubren el rostro y se disfrazan y se ponen en marcha para realizar una lúgubre visita al de la Triste Figura. Atado de pies y manos por sus misteriosos visitantes, piensa que aquellas figuras son fantasmas de aquel encantado castillo. No se puede mover, luego ya estaba encantado, deduce.

Sancho es el único que es el que es, aunque no le falta mucho para tener la enfermedad de su amo. Reconoce a “aquellas contrahechas figuras”, no está tan tonto o tan loco. Y se calla, a ver en qué para todo aquello.

Mientras lo sacan del aposento, se oye la voz temerosa, como dando miedo, del barbero maese Nicolás. Lo que dice es digno de figurar en una antología de parodias. No tiene desperdicio, destaquemos:”el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de humilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros, que imitarán las rumpantes garras del valeroso padre”.

Estas palabras-pronóstico, empapadas del arcaico y alambicado estilo de sus queridos libros, hacen muy feliz a nuestro caballero.¡ Casado con Dulcinea de la que nacerían los hijos del yugo matrimoñesco! Don Quijote, oyendo esto, se deja hacer lo que sea. Se derrite de gusto y contesta al fantasma con otra parrafada muy en la misma línea : “¡Oh tú, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado…” Si lo pronosticado se cumple tendrá” por gloria su cárcel “y la dura jaula se convertirá en “cama blanda y tálamo dichoso”.

Y, entre tanta felicidad, no se olvida de Sancho y su salario. Tendrá su ínsula o similar o, por lo menos, su salario no se perderá, puesto que lo ha dejado indicado en su testamento. ¡Cuánto sentido común para un loco! Agradecido Sancho le besa las dos manos atadas ¿Hay en el mundo otro amo que se pueda comparar con el mío?

Las “visiones” toman la jaula en hombros y la acomodan en el carro de los bueyes.

Un abrazo, otra vez, para Pedro y los paseantes.

lunes, 14 de abril de 2014

Tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijote hacer...

Foto tomada en el paseo del Espolón (Burgos).

Esta vez el comentario lo divido en dos partes. Lo de la jaula lo dejo para luego.

A uno de los cuadrilleros, el pateado por don Fernando, se le refresca la memoria acerca de un pergamino con el mandamiento contra don Quijote, por haber liberado a los galeotes, con la orden de llevarle preso.

Recordamos aquel discurso quijotesco del final del capítulo anterior, que se dirige a esa gente, “soez y mal nacida”, concluyendo con los cuatrocientos palos que cualquier caballero andante propinaría, él solito, a cuatrocientos cuadrilleros que se le pusieran delante.

El cura persuade al cuadrillero, haciéndoles ver la inutilidad de apresar a quien luego han de soltar por loco. Leemos, además, que “tantas locuras supo don Quijote hacer, que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran la falta de don Quijote”.Las locuras las imaginaremos porque… no nos precisa Cervantes en qué consisten esas últimas locuras tan oportunas. Sólo sabemos que fueron muchas. Nuestro caballero andante se librará de ser apresado, gracias al cura y a él mismo.

Los cuadrilleros no sólo se apaciguan sino que hacen de medianeros entre Sancho y el barbero. Ambas partes quedan satisfechas “porque se trocaron las albardas y no las cinchas y las jáquimas”. En lo que toca al yelmo de Mambrino, todo queda saldado con los ocho reales que paga el cura “a socapa”.

Queda ahora una pendencia no sosegada, lo del señorito don Luis que, de momento, no quiere volver a la casa paterna. Uno de los criados le acompañará a los dominios de don Fernando y doña Clara como unas castañuelas.

Después de esto, como un Guadiana, reaparece Zoraida que no entiende ni jota; pero se alegra o se entristece “a bulto”, o sea a ojo. Mi español, ese morenazo al que yo eché la caña, muestra alegría, pues yo no voy a ser menos. Ahora parece que pone mala cara, yo hago lo propio.

Los ocho reales que recibe el barbero espabilan al ventero que pide lo de sus cueros y su vino. El cura pone el apaciguamiento y don Fernando los dineros. Ya no estamos en el campo de Agramante sino en la paz “octaviana”. Poderoso caballero…

Libre ya de pendencias, don Quijote decide que es tiempo de ponerse de camino y acabar el contencioso de Micomicona; que la diligencia es madre de la buena ventura, no vaya el enemigo a adelantarse, sabiendo que vamos a por él. Se pone de hinojos ante Dorotea que, inmediatamente adopta su papel favorito de princesa y el lenguaje grandilocuente de las novelas de caballerías. ¡Qué bien conoce estos libros la lectora de libros piadosos! Agradece el deseo de favorecerla en su gran cuita y no tiene más voluntad que la del señor caballero. A restaurar señoríos se ha dicho. En marcha.

Mas… ¿qué le pasa a Sancho que menea la cabeza? Responde con unas palabras misteriosas que ni su señor entiende, ni nosotros tampoco: “¡Ay señor, señor, y cómo hay más mal en el aldegüela que se suena, con perdón sea dicho de las tocadas honradas!”

¡Tocas honradas o tocadas honradas? ¿Qué le pasa a Sancho? ¡Qué mal puede haber en la aldea? ¿Por qué maliciosamente convierte las tocas en tocadas? El escudero no concibe una reina que hociquee, vaya verbito con sus dos es, como una criatura terrenal, con varón nacido de mujer. Por cierto, voy a buscar el verbo hociquear en el diccionario de la RAE, aunque me imagino a qué se refiere… ¡Vaya, vaya! ¡Uno de los significados de hocicar u hociquear, figurada y familiarmente, es besar! La conclusión que saca Sancho: esta reina “no lo es más que mi madre”.Que se enteren las testas coronadas: las reinas no besan.

Se sonroja la del bello pie “porque era verdad que su esposo don Fernando…había cogido con los labios parte del premio que merecían sus deseos”. ¡Mira el grande de España!

Dama cortesana, puta… ¿a dónde va a ir a parar este deslenguado? Don Quijote lanza “vivo fuego por los ojos”, es el basilisco que mata con la mirada. Diez adjetivos, diez, uno detrás de otro, sin respirar: “bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente “. No para ahí la cosa, todavía faltan estas lindezas :” monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro”. Sancho no sabe en qué rincón meterse.

Pero la discreta Dorotea va a arreglarlo. Como de costumbre, todo es fruto de un encantamiento y debe perdonarlo. Don Quijote está encantado, nunca mejor dicho, con esta explicación. Sus cejas y carrillos vuelven a su posición normal, jura por Dios que “ha dado en el punto”, “alguna mala visión se le puso delante”, Sancho solo no es capaz…

Don Fernando dice que debe perdonarle realizando una regresión hacia el momento anterior al encantamiento. Y lo expresa con la fórmula que empleaba la Inquisición:” reducille al gremio de su gracia”.Y añade “sicut erat in principio” como reza, nunca mejor dicho, la oración Gloria Patri. ¿Por qué esta alusión al Santo Oficio? ¿Casualidad? No sé, Cervantes es de los que no dan puntada sin hilo…

Don Quijote expresa su voluntad de perdonarlo y el cura va por Sancho; el cual viene muy humilde, y, hincándose de rodillas, pide la mano a su amo; y él se la da, y, después de habérsela dejado besar, le bendice. Todo es encantamiento en este castillo, Sancho lo cree así, pero lo de la manta, no. Lo de la manta, que le pregunten a mis huesos, sucedió por vía ordinaria.

El ventero cuenta a los presentes lo de la volatería de Sancho que es celebrada con muchas risas .Cervantes quiere precisar “que jamás llegó la sandez de Sancho a tanto, que creyese no ser verdad...lo de haber sido manteado por personas de carne y hueso”.

María Ángeles Merino

Que seguirá comentando el capítulo, a la mayor brevedad. Iré a buscar la jaula, pobre don Quijote. Un saludo para Pedro y los paseantes.

Copiado de la entrada con el mismo título del blog "La arañita campeña"

Una venta con mucha leña



Esta vez hago el comentario, en forma epistolar, el barbero de la bacía escribe una carta, pidiendo ayuda, al barbero Maese Nicolás.

Discúlpeme, don Miguel, por inventarme esta carta y salirme un poco de su relato.

Carta de un barbero a otro barbero.

Señor Maese Nicolás, barbero de profesión:

Espero de vuestra merced, escuche mis cuitas y tenga en cuenta nuestro mismo gremio y oficio. Con toda verdad os digo que estoy en trance de convertirme en un loco, mucho más loco que ése que llamáis don Quijote. Posiblemente, ay, mis últimos días tengan, como escenario, a uno de esos terribles asilos para alienados, donde encadenan y amordazan a los pobres desgraciados que pierden el juicio.

Siguiendo mi camino, fui a dar a aquella endemoniada venta. Llevaba mi jumento a la caballeriza cuando me encontré ¡al ladrón de mi albarda! Reconocí al criado, o escudero o lo que sea, de cierto endemoniado que me enristró con el lanzón y me robó la bacía, aquel malaventurado día de lluvia en que perdí ambas cosas. Al reconocer mi albarda, arremetí contra él, reclamando mi propiedad y me encontré con sangre en la boca.

Me dirigí a aquellos señores y señoras, algunos muy principales, otros simples villanos, para preguntarles su opinión acerca de lo que porfiaba el extravagante caballero que llamaba yelmo de Mambrino a mi bacía , la misma que tantas barbas y tanta sangre ha visto.

Confiaba en el buen juicio de vuestra merced, mas me quedé con la boca abierta cuando escuché vuestro discurso en el que os declarabais barbero examinado, con más de veinte años de ejercicio y conocedor de todos los instrumentos barberiles. Asimismo relatabais vuestra mocedad soldadesca, no pudiendo tener dudas en lo que toca a yelmos, morriones y celadas. Creía estar soñando cuando manifestabais:” esta pieza… no es bacía de barbero… está tan lejos de serlo como está lejos lo blanco de lo negro”.Confirmaron lo que decíais un cura y dos caballeros a los que se dirigían con los nombres de Cardenio y Fernando, más los acompañantes de este último.

Aquel loco, atribuía las dudas a los encantamientos que continuamente ocurrían en aquel lugar, que en sus delirios, llamaba castillo y no venta. Menuda sarta de majaderías que desgranaba, que si un moro encantado, que si los secuaces, que si lo colgaron del brazo. ¡Ah! Y los encantamientos afectaban, únicamente, a los caballeros armados como tales, por lo que confiaba en el juicio de los presentes, libres de esa condición.

Aquel noble caballero, don Fernando, decidió someter a votación la solución de este caso. Para los que seguían la burla, era “todo esto materia de grandísima risa”. Para los que no estaban en ella: don Luis, los cuatro criados de don Luis, tres cuadrilleros y mi modesta persona…estábamos ante el mayor disparate del mundo.

Yo estaba desesperado, la bacía, ante mis ojos, se me había vuelto en yelmo de Mambrino, y tenía que soportar sus risas y palabritas al oído. Aquel don Fernando, después de tomar los votos de los que conocían a don Quijote, me informó de que mi albarda era jaez de caballo castizo. ¡Mi burro y yo sin saberlo! Me resigné, qué remedio, si me lo dice un señor tan alto… Dije aquello de “Allá van leyes donde van reyes”. No estaba borracho, ni siquiera había desayunado. ¡Cuántas risas! En esto, don Quijote sentenció:

“Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.”

Me sentí muy aliviado cuando uno de los cuatro criados de aquel jovencito, don Luis, manifestó su disconformidad “con hombres de tanto entendimiento”, afirmando que no era bacía ni albarda. ¡Por fin hablaba la voz del sentido común!

Uno de los de la Santa Hermandad perdió la paciencia ante una pendencia tan absurda, obviando la alta condición social de algunos burlones enfadado declaró:”Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de estar hecho uva.”. Don Quijote no pudo soportar que le trataran de mentiroso y borracho y tras “un mentís, bellaco”, arremete con su lanzón, contra el cuadrillero. El golpe iba a ser tremendo, gracias a cielo puede dar de que se desvió, evitando caer muerto allí mismo. El arma se hizo pedazos y se oyeron voces pidiendo favor a la Santa Hermandad. El ventero, dada su condición asimismo de cuadrillero, los venteros suelen poseerla aunque hayan sido de manos ligeras, fue con presteza a buscar su varilla y su espada, para socorrer al compañero.

Vuestra merced ya conoce la confusión y la leña que reinó en la venta, a partir de ese momento.
Los cuatro criados rodearon a su joven señor, yo aproveché para atrapar mi albarda al mismo tiempo que el Sancho de mis pecados, don Quijote propinaba espadazos a los de la Santa, don Luis voceaba, Cardenio y don Fernando favorecían al loco, el cura daba voces, la ventera gritaba, las mujeres lloraban, se desmayaban…Yo aporreaba al ladrón de mi albarda que hacía lo propio conmigo, don Luis dio una puñada a un criado, el oidor empeñado en defender al muchacho, don Fernando pisoteando a un cuadrillero...

En medio de aquella batalla campal, nuestro loco Quijote recordó la discordia del campo de Agramante , donde cada uno peleaba por una causa diferente y nadie se entendía , trasladándola a nuestro caso por afinidad. Decidió que el oidor fuera el rey Agramante y el cura fuera el rey Sobrino. Añadió, muy cuerdamente, que “es gran bellaquería que tanta gente principal como aquí estamos se mate por causas tan livianas”.

Los cuadrilleros no sabían nada de orlandos furiosos ni de carlomagnos, ni entendían ni querían sosegarse. El ventero reclamaba un castigo para el loco que le alborotaba la venta. Por mi parte, no me quedaba más remedio que tomar sosiego, mi bacía-yelmo no vería ya peos de barba ni lanceta, mi asno no llevaría nunca tal albarda-yelmo.

Confío en que vuestra merced me conceda la gracia de contarme la verdad –verdad ¿Bacía o yelmo? ¡Albarda o jaez? Se preguntará su merced ¿es que todavía no la conoce? Aunque parezca mentira, me están entrando dudas…Vienen a buscarme, creo que son los guardianes del asilo de alienados.

Aquí termina la carta del sobrebarbero al barbero Nicolás. La presente nunca fue cursada, fue encontrada, muchos años después, en un cajón secreto.

Un abrazo Pedro, espero que te estés curado y que no hayas tomado los escaramujos , ésos de Fierabrás.

Un saludo a todos los visitantes.

María Ángeles Merino

Entrada copiada de la entrada "Una venta con mucha leña" del blog "La arañita campeña".

domingo, 6 de abril de 2014

¿Hay baciyelmos en nuestra vida?




Comentario al capítulo 1.44 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Mucho barullo y un baciyelmo", correspondiente al día 12 de marzo de 2009.

Comienza el capítulo con los gritos de dolor de don Quijote. Pobre hombre, como si estuviese colgado de una cruel “garrucha”, gracias a la ocurrencia de Maritornes y a la rijosidad excepcional del rocín pachorrón. Pero, aunque le debía de doler todo el cuerpo, cabalga muy digno, con su adarga, su lanzón y, a medio galope, reta y desafía a “cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado”.

Los cuatro nuevos, “los caminantes”, se quedan con la boca abierta ante el reto y desafío, al arcaico estilo de las novelas de caballerías. Don Quijote está en su salsa. Pero el ventero echa un jarro de agua fría: ni caso, es un loco. Ellos a su labor de encontrar al señorito don Luis y hacerle volver a casa, por las buenas o por las malas; tres rodearán la venta y uno vigilará la puerta. Reparan en el coche, lo conocen, es del vecino oidor, ese es el rastro que sigue don Luisito.

Nuestro hidalgo ya no puede más y agarra una rabieta casi infantil, desea recuperar la atención perdida, muere y rabia de “despecho y saña”.Si las ordenanzas de su caballería le dieran permiso de emprender una empresa sin acabar la anterior, iban a ver éstos lo que era bueno, tal vez “embistiera”. ¡Embestir! ¡Socorro, un toro!

Ya aclara el día, están todos despiertos, especialmente doña Clara y Dorotea, cuánta claridad; “la una con sobresalto de tener tan cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, habían podido dormir bien mal aquella noche”.Uno de los cuatro, encuentra al hijo de su señor, falso mozo de mulas, durmiendo al lado de uno auténtico. El criado está encantado de poder cumplir con la misión encomendada y devolverlo a casa; mas la tarea es delicada. Tiene que evitar que escape; pero con todos los respetos y don Luis por aquí, don Luis por allá. Por si acaso, le traba el brazo y se dirige al soñoliento adolescente con ironía:“Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábito que tenéis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que vuestra madre os crió.”

El tono se vuelve autoritario y ya sabe el señorito de lugares las dos opciones: por las buenas o por las malas. Aún así se resiste y se pone gallito: “Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare”. Intentan ablandarle, su padre dará la vuelta al otro mundo si él no da la vuelta, se morirá de pena…Pero el quinceañero enamorado no se achica y, a pesar del cuatro contra uno, les replica:” yo soy libre, y volveré si me diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza”.No es el primer personaje del Quijote que proclama su libertad, algo muy apreciado por el ex cautivo Miguel. Recordemos a la pastora Marcela: “Yo nací libre”.

El oidor está allí, recordemos que va vestido con sus ropajes largos de mangas arrocadas, y habla, deformación profesional, con la jerga del oficio:”Sepamos qué es esto de raíz”.Tras la información, reconoce al vecinito. ¡Es que estos papás antiguos no se enteraban de nada! Bueno, los modernos tampoco… Luis se confiesa ante el padre de su Clara, llorando: “Por ella dejé la casa de mi padre, y por ella me puse en este traje, para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al blanco, o como el marinero al norte.”No son niñerías las de alguien que se expresa así.

Recordemos el capítulo LXII, el oidor nunca había sido tan oidor. Pues, ahora abre las orejas todavía más, es su hija… alta nobleza, fortunón, de título, me interesa…El jovencísimo señor de lugares se humilla, besando las manos del oidor y bañándolas de lágrimas. El corazón del oidor no es de mármol sino de mantequilla. Piensa cuán bien le estará a su hija aquel matrimonio, siempre que se realice con el beneplácito del padre de don Luis, claro, Clara.

Y mientras, en la venta, llueven palos. Dos huéspedes ven a la gente distraída con la búsqueda, aprovechan e intentan irse sin pagar .El ventero pide su paga, y le responden con los puños. La ventera, la venterita y Maritornes piden socorro a don Quijote que, con mucha flema, declara no poder atender su petición porque no le está permitido entremeterse en aventura distinta, teniendo pendiente el asunto de Micomicona. Que el ventero se vaya entreteniendo ¿Cómo se entretiene uno cuando está recibiendo puñetazos? Pedirá licencia a la princesa, para socorrer al “castellano”. Se planta de hinojos ante Dorotea, para pedírselo con “palabras caballerescas y andantescas”.

Pero, a pesar de la licencia concedida, cuando acude a la puerta de la venta, vaya cuajo, se está quieto. Quizás en un ataque de sensatez, decide que corresponde a Sancho la defensa venteril, puesto que no le es lícito poner mano a la espada. Sólo puede hacerlo con caballeros. Puñadas y mojicones recibe el ventero, ante la desesperación de su mujer, su hija y su criada. Y, por primera vez en esta obra, aparece la palabra cobardía aplicada a don Quijote. ¡Un caballero andante cobarde!

Cervantes, que visitó y sufrió desde niño muchas ventas, no es amigo de venteros, es evidente y leemos: “Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra, o si no, sufra y calle el que se atreve a más de a lo que sus fuerzas le prometen, y volvámonos atrás cincuenta pasos”. Y enlaza esto con la confesión de don Luis ante el oidor.

No explica Cervantes, los detalles de cómo, al final, “por persuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas” los huéspedes pagaron todo. ¡Milagro!

Como el demonio no duerme, aparece, cuando no había terminado la plática del oidor, aquel barbero al que don Quijote quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos del asno. Reclama ambos objetos de su propiedad, arremete a Sancho, llamándole “don ladrón”.Cada uno agarra la albarda por donde puede, un mojicón ,el barbero con los dientes bañados en sangre, gritos de “¡Aquí del rey y de la justicia!...salteador de caminos…mentís, en buena guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos…"

En este momento, cambia el concepto que el caballero andante tenía de su escudero, a la vista de lo bien que se ha defendido. Es un hombre de pro y, en cuanto pueda, lo armará caballero. Sigue la discusión, el barbero propone pruebas que avalen sus propiedad.

A don Quijote no le importa la albarda, pero no consentirá de ninguna manera que se llame bacía al yelmo de Mambrino y a que se discuta su propiedad, ganada en buena lid, “con ligítima y lícita posesión”.La albarda es expuesta como objeto contencioso. Pero Sancho se resiste a traer la bacía. Su señor le advierte que lo haga, “que no todas las cosas deste castillo han de ser guiadas por encantamento”. Sancho trae la bacía y don Quijote jura, por la orden de caballería que el yelmo es el mismo que le quitó en buena guerra.

Sancho no quiere irritar más a su señor y salva la situación con la palabra baciyelmo. Les recuerda que, con los encadenados, les salvó de asaz de pedradas. Ni bacía ni yelmo, baciyelmo. ¡Una gracia de Sancho? ¿Perspectivismo?¿Hay baciyelmos en nuestra vida cotidiana? Haberlos haylos y nos ayudan a vivir. Pensemos en ellos.Seguiremos, en el próximo capítulo, con el litigio.

Un abrazo para Pedro y los visitantes de la acequia.

María Ángeles Merino Moya.

Extraído del blog "La arañita campeña", de la entrada ¿Hay baciyelmos en nuestra vida?

Doña Clara duerme, ¿por qué la despierta Dorotea?


Ahora leo el Quijote aquí, en la edición de Francisco Rico.





Una doncella está durmiendo plácidamente, alguien la despierta para que oiga una bella voz. ¿Quién canta? Le comunican el posible origen del cántico, pero no, no es eso… la joven reconoce inmediatamente el tono de su enamorado. ¿Qué me recuerda esto? …¡Ya está! ¡El romance del Conde Olinos! Doña Clara, la hija del rey, Dorotea, la reina-madre de la princesa, el mozo de mulas y la sirenita del mar.

"Madrugaba el conde Olinos,

mañanita de San Juan,


a dar agua a su caballo


a las orillas del mar.


Mientras el caballo bebe


canta un hermoso cantar:


las aves que iban volando


se paraban a escuchar.
...


Desde la torre más alta


la reina le oyó cantar:


-Mira, hija, cómo canta


la sirenita del mar.


-No es la sirenita, madre,


que esa no tiene cantar;
es la voz del conde Olinos,


que por mí penando está.

..."

Hemos visto, en muchas ocasiones, a Cervantes, beber en la fuente del romancero .La última, cuando el cautivo cita a la Cava de don Rodrigo ¿Tendría ahora, en su pensamiento, una de las múltiples versiones de este conocidísimo romance viejo? El esquema es el mismo. Un jovencísimo “señor de lugares”, que no mozo de mulas, se acerca a la venta, entonando armoniosamente una canción. Un marinero navegando en un piélago profundo, guiado por una “estrella”…Clara, la hija del oidor, duerme profundamente y Dorotea la despierta porque ¡no quiere que la jovencita se pierda el oír tan buena voz! ¿No queda esto un poco forzado? ¿A santo de qué se despierta a una muchacha a la que se acaba de conocer? …

Y en cuanto oye el cantar, se pone a temblar como si tuviera fiebres de las que se repiten al cuarto día, padecimiento muy habitual en aquellos tiempos, en los cuales cierto mosquito campaba por sus respetos. Pero no se trata de mosquitos sino de moscones, o mejor dicho, de noble moscón cantor.

Clara se abraza a una Dorotea, confidente de una muchacha sin madre y, ay, perdidamente enamorada .El señor de lugares tiene el mejor lugar en su alma. Y, ante lo imposible de su amor, mejor no ver, ni oír para no sufrir. La del bello pie se solidariza con la adolescente, ella ha vivido algo semejante, y se admira de la discreción mostrada, a pesar de sus dieciséis años no cumplidos. Un amor juvenil nacido entre lienzos y celosías, recordemos aquello de “madre la mi madre guardas me ponéis, mas si yo no me guardo, no me guardaré”. Manifiesta la hija del oidor: “yo no sé lo que fue, ni lo que no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni sé si en la iglesia o en otra parte”. Un amor prohibido por las distancias sociales, Clara lo ve muy claro: “¿qué fin se puede esperar, si su padre es tan principal y tan rico que le parecerá que aun yo no puedo ser criada de su hijo, cuanto más esposa?”.

Él la seguirá cuando ella parta, con su padre, hacia Sevilla, donde tomarán el camino de las Indias. El estudiante la sigue en hábito de mozo de mulas, de venta en venta; pero estamos ante una hija obediente que no se casará jamás “a hurto” de su padre. Dorotea, experta en estas lides, ríe al oír las palabras de una niña inexperta que expresa no saber “por dónde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan muchacha y él tan muchacho”.

En la venta se impone el sosiego pero las dos “semidoncellas”, Maritornes y la venterita, tienen ganas de oír los disparates de don Quijote que está fuera de la venta, armado y a caballo. Y si pueden gastarle una broma… El discurso de nuestro caballero andante no tiene desperdicio, tras declarar la perfección absoluta de Dulcinea en todos los ámbitos, se dirige a la luna y al sol. A la luna, luminaria de las tres caras, para que le dé nuevas de su enamorada. Al sol, para que salude a la del Toboso, pero ojito con acariciarla, que nuestro hidalgo es muy celoso.

La hija del ventero cecea para que el buen hombre se acerque al agujero de sacar la paja, lo más parecido a una ventana que posee la venta. Se le representa que una hermosa doncella, vencida de su amor, le solicita .y, aunque no puede traicionar a Dulcinea, no ha de ser descortés. Siempre que no pida amor, aunque sean las guedejas culebreras de la Medusa…Así lo manifiesta, pero Maritornes, en el papel de dueña, le informa de que su señora sólo necesita su mano” por poder deshogar con ella el gran deseo que a este agujero la ha traído”.Don Quijote accede, no es para besar sino… para que la dama, palpando nervios, músculos y venas considere la fuerza de su brazo. Nuestro hidalgo no es de piedra y un favorcillo de nada, tratándose de una dama…

La pícara moza lo ata por la muñeca con el ronzal del burro de Sancho y lo deja de pies sobre Rocinante, sin poderse mover. Otra vez, piensa, ha sido víctima de un encantamiento y considera que ya debería haber escarmentado. Qué juiciosos es, a ratos, este hombre. Se alternan en su cabeza los pensamientos propios de un hombre normal y los de un loco que delira. Allí…allí…allí…allí. La espada de Amadís, dónde está Sancho, los sabios en mi auxilio, voy a estar atado eternamente….Bramaba como un toro.

Pero al amanecer llegan a la venta unos hombres a caballo y con escopetas que se burlan de este estrafalario personaje, atado y colgado de un brazo, que denomina castillo a una vulgar venta. ¡Y le llaman ventero! Y la rechifla es mayor cuando les asegura de que, dentro, hay personas con corona y cetro ¡Con corona! ¡Será gente del teatro ambulante!

Una de las cabalgaduras de los visitantes coquetea con Rocinante, que se mueve y tira de su señor, provocándole un tremendo dolor, similar al de la tortura llamada “garrucha”. Cervantes, tal vez, la conocía por algo más que de oídas, ya que nos lo explica así:” puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son causa de acrecentar su dolor, con el ahínco que ponen en estirarse, engañados de la esperanza que se les representa, que con poco más que se estiren llegarán al suelo”.Así cantaban lo que hiciera falta, más que el mozo de mulas.

A ver qué pasa con Clara y su “señor de lugares”. Será en el próximo capítulo.

Un abrazo para Pedro y todos los que visitan “La acequia”.