jueves, 29 de agosto de 2013

"Yo sé quién soy...y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia..."





Comentario al capítulo 1,5 del Quijote, titulado "Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero", publicado en "La acequia", en la entrada del 12 de junio de 2008.

Don Quijote no puede menearse y se acoge a su ordinario remedio. ¿Triaca? ¿Ibuprofeno? Borro lo último, que en el siglo XVII no conocían eso. Nada que se pueda preparar en la botica. Nuestro hidalgo acude a los registros de su memoria, donde están grabados, a fuego, los relatos de sus amados libros de caballería.

Mas, como en ellos no se da fe de tamañas derrotas, recurre al registro oral, al romancero. A ver, a ver, sí, aquel de Valdovinos, sobrino del marqués de Mantua, apaleado con su misma lanza, herido en la montiña y abandonado por Carloto, éste le vale para hacer su propia versión. Adelante con ella.




El narrador cree conveniente advertirnos de la falsedad de tal historieta, "no más verdadera que los milagros de Mahoma". Cide Hamete, estás en todo y don Miguel también.

María Ángeles, ya has escrito más líneas de comentario que las que van del propio capítulo, repórtate parlanchina. Te han pillado con hambre de Quijote.

A lo que vamos, los octosílabos le vienen de molde para expresar sus cuitas y, revolcándose en tierra, pregunta dónde está tal señora suya que no se duele de su mal, tan falsa y tan desleal. Sigue hasta el final, donde clama por el de Mantua.

Cuando está con "su tío y señor carnal" , qué mal suena eso, acierta a pasar por allí un labrador, vecino suyo, que viene del molino.



Ve a aquel hombre tendido, se acerca a él y le pregunta quién es y qué mal tiene.

La pantalla se mueve, me parece que tengo un visitante, de esos del limbo de secundarios, no que ya se clausuraron los limbos. Ahora que caigo, tal vez sea un purgatorio de personajes. ¿Tendrán que vagar, un tiempo, por los canalículos, a la espera de que alguien escriba de ellos?

Ahora veo, veo… ¡Es el labrador del que estaba escribiendo! Se nota que viene del molino, lleva los pies enharinados. Hable, buen hombre.

Con Dios, señora escribana. Ese chico, Andrés, me dijo que me pasara por aquí, que a vuestra merced le placen nuestras visitas. Mi nombre es Pedro Alonso y vengo de llevar dos talegadas de trigo al molino, dos arrobas cada uno, ya sabe.



Vuelvo apriesa a la aldea, me entretuve de más, la molinera diome conversación. Perdone vuestra merced esta licencia, que tal cosa no la escribió nuestro padre don Miguel. La molineras, ya se sabe...

Veo a aquel hombre tendido y, como buen cristiano, le pregunto quién es y qué mal siente. No me responde y sigue hablando del hijo del Emperante y su señora esposa.

Admirado, le quito la visera, le limpio el rostro, cubierto de polvo y descubro al señor Quijana, un viejo hidalgo de mi lugar. ¡Me quedo como un pasmarote! Le pregunto quién le ha puesto así, pero no me contesta y vuelve a ensartar versicos.

Le quito los fierros por ver si trae feridas, ni sangre ni señal. Con no poco trabajo, le subo a su jumento. No se imagina vuestra merced cómo pesa un hombre a cuestas, pese a estar en los huesos. Hago un atadillo con los fierros, también con las astillas. El rocín de las riendas y el rucio del cabestro, sigo mi camino.

¡Qué disparates los del buen don Alonso! ¡Y qué ayes! De nuevo le pregunto por su mal y saca a bailar a un moro y a un alcaide. Voy maldiciéndome de oír tantas necedades. Loco, está para la casa del Nuncio... He darme priesa, que no hay quien sufra estos sermones.

¡Y me llama Rodrigo de Narváez! Y quiere que yo sepa que la mora es una dulce señora del Toboso y que por ella hará caballerías. Despacito, le hago saber que yo no soy tal caballero sino Pedro Alonso, su vecino. Y le recuerdo su nombre de señor Quijana, algo que no debe ser de su agrado. Porque mi hidalgo vecino afirma saber quién es y me da a entender, o eso me parece, que puede ser quien le plazca. Ya sean los doce Pares de Francia o los nueve de la Fama, que las hazañas de todos juntos no aventajan a la suyas.

Llegamos al anochecer, es mejor esperar a que esté oscuro, que no vean ansí al señor Quijana.


Entro en el pueblo, hasta su casa. La encuentro toda alborotada, con la visita del señor cura y del Maese Nicolás, el barbero. El ama pregunta al señor licenciado, a voces, qué le parece la desgracia de su señor. La mujer se lamenta, ha tres días que falta su señor y , bien segura está, han sido los libros los que le han vuelto el juicio; que ella recuerda cuando don Alonso decía que iba a hacerse caballero andante, para ir en busca de aventuras. "El más delicado entendimiento de la Mancha" dice que era su señor y no le falta razón, así era. Y que malditos sean tales papelotes , con Satanás y Barrabás han de estar, no con la gente cristiana.



La sobrina habla con maese Nicolás, el barbero de nuestro pueblo, más amigo de charlas y lecturas que de enjabonar barbas. Cuenta la mochacha que su señor está , muchas veces , leyendo  dos días enteros, al cabo de los cuales, arroja el libro, toma la espada, acuchilla las paredes y asegura haber muerto a cuatro gigantes que le han manchado con su sangre. Cubierto de sudor, que no sangre, se bebe una jarra de agua fría y quédase sosegado. Piensa la Quijana que debía haber avisado a cura y barbero, sus mejores amigos, para que pusieran remedio; que tales libros han de ser abrasados como herejes.


Al señor cura le gusta la idea; al fuego han de ir los culpables, mañana mesmo, en un acto público, que no den ocasión a otros.

Don Alonso y yo estamos ante la puerta y oímos todo eso. Acabo de entender la enfermedad de mi vecino, en cuyos ojos leo la indignación. Y ahora el loco soy yo, pues comienzo a decir a voces que abran "al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido , y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera." ¡Qué bien me lo tengo aprendido!

Sobrina, ama y amigos salen y corren a abrazar a su tío, señor y amigo; el cual pide que le lleven al lecho y llamen a la sabia Urganda que cure y cate sus heridas.

El ama maldice, ya sabía ella. Y no necesitan a la "hurgada" esa, sabran curarle ellas.

Le llevan a la cama , le catan las feridas, mas no hallan ninguna.Don Alonso dice que todo es molimiento, por una caída del caballo, peleando con diez jayanes "desaforados y atrevidos".

El cura oye lo de los jayanes y le crece el deseo de chamuscar libros.

Le hacen mil preguntas, a las que sólo responde que le den de comer y le dejen dormir.

El cura me pide que le cuente cómo hallé a don Quijote y así lo hago. Le repito todos sus disparates y pongo más deseo en él de hacer lo que hizo al día siguiente. Llamaría al barbero y...no digo más que lo que sigue no me corresponde.Me despido de vuestra merced, quede con Dios.

Un abrazo para los que aquí me visitáis de:

María Ángeles Merino


Copiado de "La arañita campeña"

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