domingo, 25 de agosto de 2013

"Nunca fuera caballero de damas tan bien servido..."

Cuadro de Ana Queral.


Don Quijote no puede esperar más, el mundo lo necesita. Agravios, tuertos, sinrazones, abusos, deudas…le queda mucha tela que cortar. Adiós a su plácida vida de hidalgo rural, adiós a los pantuflos y a las lentejas de los viernes. No se lo cuenta a nadie, que la salida furtiva es habitual en los caballeros andantes.

En un caluroso día de julio, se requiere mucho valor para colocarse encima la pesada armadura; pero don Quijote ni lo nota, tal es su entusiasmo. La celada, la adarga, la lanza y ya está. Sale, alborozado, por la puerta del corral. Ya está en el campo, ha sido más fácil de lo que pensaba. Pero hay algo que no cuadra. Veamos.

¡No va armado como caballero! No pude combatir con caballero alguno y, cuando lo sea, su escudo será de marca blanca, sin leyenda. Duda un momento, mas la locura puede más que la razón. El primero que encuentre servirá para ese menester de nombrarle caballero.

Camina, por el campo de Montiel, anticipando lo que dirán de él, en tiempos venideros, las historias escritas. Y, cómo no, comenzarán con el mitológico amanecer, con el rubicundo Apolo tendiendo sus dorados cabellos, los pintados pajarillos y la rosada aurora con su celoso marido.


«Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos , y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora..."

Dichosos los tiempos en que sus hazañas se graben en bronces. Y el sabio encantador, el cronista, ruégole que no olvide al compañero Rocinante.

Luego, se dirige a Dulcinea, “como si verdaderamente fuera enamorado”. Te han pillado, don Quijote. Que se pliegue y que membre de quien tantas cuitas padece…

Camina todo el día sin novedad y el narrador advierte que hay otros narradores. ¡Cielos! Sí, hay otros, pero no son tan fidedignos. Unos dicen que su primera aventura fue la de Puerto Lápice, otros que la de los molinos. Bien documentado en los anales de la Mancha, nuestro cronista nos advierte de los errores de los colegas.

Anochece, va muerto de hambre y de fatiga pero allá ve una venta, su estrella de Belén.


Acaso, o sea, por casualidad, están a la puerta dos muj… ¿Qué pasa? Lo de siempre. Los canalículos que conducen a este ordenador están copados de personajes del Quijote, de los secundarios que desean no ser menos que don Quijote. Me parece que tengo visita. ¿Hombre o mujer?

Mujeres, señora escribana, somos dos. De camino para Sevilla, unos arrieros nos permitieron subir a sus mulas. Nosotras, agradecidas, porque teníamos los pies en carne viva. Somos mujeres mozas y cristianas viejas, nos llaman del partido o de fortuna…A nadie hacemos mal, cada uno se gana, como puede, el trozo de pan que se lleva a la boca.

Llegamos al caer la tarde a aquella venta. Mientras los arrieros se ocupan de pensar sus acémilas, nosotras salimos a la puerta, a solazarnos un poquillo.


Vemos acercarse, por el camino, a un viejo caballero, cubierto de armas oxidadas. Detiene las riendas a su rocín, se llega a la puerta y nos ve disfrutando de nuestro merecido solaz. En esto, un porquero toca el cuerno, como señal para que sus gorrinos se recojan, lo cual hace poner cara de contento al de la lanza.

Mi compañera tiene miedo y tira de mí, mas el caballero descubre su rostro y nos habla con voz reposada. Ya no tenemos miedo sino sorpresa. Sorpresa porque sus palabras son desacostumbradas, ya nadie dice “fuyan” ni “facerle”. ¡Habla como los romances de mi agüela!

Le miramos, le miramos. ¡Nos está llamando doncellas y altas! No podemos tener la risa, decirnos algo tan fuera de esta asendereada profesión nuestra.


No le gusta que nos riamos y nos riñe, nos dice que es sandez y que somos fermosas. Vaya eso de fermosa, me gusta. Su tono de voz se hace más dulce y nos asegura que desea servirnos, o eso entiendo yo.

No podemos contener la risa, tales son sus palabras y su mal talle. Ello acrecienta su enojo. El enfado va menguando mas , en esto, sale el ventero. Es un hombre gordo y con trazas de pacífico; el cual ve aquella figura contrahecha, nos ve reír y nos acompaña en las muestras de contento.

El ventero tal vez piensa que tantas armas son peligrosas, sobre todo en manos de un loco. Así que le habla comedidamente. Le ofrece lo que la venta ofrece, muy poca cosa. El techo sin lecho, pienso para el caballejo y algo que comer…

El caballero se dirige al ventero como “señor castellano” y lo que yo digo, habla como los romances de mi agüela. Dice eso de “mis arreos son las armas…”

El huésped no parece muy castellano de Castilla, mas parece andaluz. Esa misma noche me cuenta que es de la playa de Sanlúcar, buena gente, sí.

El de Sanlúcar conoce el refrán y le dice que ,si sus camas son peñas y su dormir es siempre velar , bien pude apearse, que en la venta tendrá ocasión de no dormir en un año…Menuda noche…

El que dice llamarse do Quijote se apea con mucho trabajo, como aquel que está oxidado, como sus armas.

A la vuelta de la caballeriza, nos reconciliamos con aquel viejo cincuentón, le quitamos los yerros del pecho y la espalda, aunque no podemos despojarle del metal que le cubre cabeza y cuello. No nos deja cortar las cintas y nos dedica más versos, esos de Lanzarote, que dicen:

"Nunca fuera caballero de
damas tan bien servido..."

Es viernes y la cena consiste en un pescado salado y remojado, al que el ventero llama truchuela. Abadejo, bacalao, curadillo… Le pregunta si comería de ello, don Quijote cree que son truchas pequeñas y tan feliz. Sea lo que sea, está muerto de hambre y se le nota. Algo dice de las tripas, no lo entendemos.

Comemos al fresco porciones de aquel mal cocido pescado con un pan más negro que sus armas. Y si comió, aunque poco, fue gracias a nuestra ayuda. No ha enamorado el viejo con sus versos. Le pongo el alimento en la boca, mientras él levanta la visera. Para el vino, nos servimos de una caña.

El caballero parece feliz y se acrecienta su felicidad, no sé por qué, al oír el silbato de un castrador de puercos.

Música, damas y castillo, esas son su palabras porque, a ratos, habla solo. Mi compañera le ofrece otros servicios, los de nuestra profesión,se entiende. Mas don Quijote no parece haber menester y, además, no lleva dineros…

Me llaman por el canalículo, fue un placer, señora escribana. Por Maritornes, sabemos que vuestra merced, trata con benevolencia a las pobres mujeres de nuestra condición.

María Ángeles Merino


Un abrazo para todos los que pasáis por aquí.

Esta entrada está tomada del blog "La arañita campeña":

http://aranitacampena.blogspot.com.es/2011/01/nunca-fuera-caballero-de.html

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